28 de mayo de 2021

El regreso de Cartago

 


"Londres no está descartando a los Estados Unidos, simplemente pretende hacerlos retomar el camino que deben seguir. El decrépito imperio de los Estados Unidos, representado por el dèbil mental de Biden, debe ser ayudado con tal de que no abandone su misión liberal como hegemón mundial..."





El regreso de Cartago: el proyecto del Reino Unido de la “Gran Bretaña Mundial”

POR KONTRAINFO/FF · 2 MAYO, 2021



El 16 de marzo del 2021 el gobierno del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte presentó un nuevo documento donde se plasma cual será la estrategia de la política exterior y la defensa británica por los próximos 30 años. El documento se llama La Gran Bretaña Mundial en un mundo competitivo. Una revisión integral de las cuestiones de seguridad, defensa, desarrollo y política exterior.


Según el documento, los actuales líderes de Gran Bretaña consideran que China y Rusia son la principal amenaza para su país. A pesar de que el documento deja claro que debe dársele prioridad de la región Indo-Pacífica (la lucha contra China), se hace mucho énfasis en Europa del Este (la “contención” de Rusia).


Londres utilizará tanto las sanciones económicas como la presión militar en contra de sus enemigos. Para lograrlo, llevará a cabo una modernización de su armamento, tanto cibernético como espacial, naval y nuclear. Para el 2030 las fuerzas armadas británicas esperan contar con 260 ojivas nucleares. Por lo tanto, el ejército británico estará presente en todas partes del mundo y la isla británica se convertirá en “un país que se ocupe de la resolución de problemas y la administración de los conflictos a nivel mundial”.


La Gran Bretaña Mundial y la sociedad abierta


El concepto de una Gran Bretaña Mundial no es para nada nuevo. Siempre ha sido el estandarte de una parte del poder conservador británico que estuvo a favor del Brexit. Debemos tener en cuenta que existían dos corrientes distintas que estuvieron a favor de la salida de Gran Bretaña de la UE: por un lado, estaban los populistas, los cuales estaban muy desilusionados de la UE como institución transnacional y liberal, y, por el otro, los ultra-liberales (también conocidos como neoconservadores). Para este último sector la UE no era lo suficientemente liberal, además de ser demasiado “continentalista” con respecto a Gran Bretaña que históricamente ha vinculado su destino a la defensa de su misión como potencia marítima, al mercado libre y a la promoción de la “democracia” en todo el mundo. Precisamente fueron estas fuerzas personificadas en el neoconservador británico e intelectual detrás del Brexit, Michael Gove, y el exalcalde de Londres, Boris Johnson, las que finalmente vencieron y arrojaron a un lado a los populistas que tenían ideas mucho más tradicionalistas como era el caso de Nigel Farrage.


La estrategia actual de las élites de Gran Bretaña es convertir su país en una isla por donde pasen todos los flujos financieros, informáticos y de toda clase de “redes” mundiales (el término “network” se usa 52 veces en el documento), siendo una parte integral de las redes de seguridad internacional. La Chatham House (Real Instituto de Asuntos Internacionales) (1) había propuesto anteriormente varias ideas parecidas con respecto a la política internacional (siendo Gran Bretaña una especie de corredor global donde confluirían todas las contradicciones globales). Podemos decir que tanto el gobierno británico como el más importante grupo de expertos de su país sostienen las mismas ideas globalistas acerca del futuro de la Gran Bretaña.


El documento dice abiertamente que existe una “competencia ideológica” entre los poderes liberales y “autoritarios” contra las democracias, y que Londres debe convertirse en uno de los principales adalides de las “democracias” a nivel mundial.


El documento dice que “el primer objetivo [de Gran Bretaña] como fuerza del bien proyectada hacia el mundo debe ser apoyar a todas las sociedades abiertas y proteger los derechos humanos”.


El documento se caracteriza por sostener una imagen maniquea del mundo dividido en blanco y negro. En ese sentido los enemigos (es decir, Rusia y China) son considerados como el mal absoluto y los propios británicos son considerados como las “fuerzas del bien”. Además, el concepto de “sociedad abierta” es mencionado a todo lo largo y ancho del documento.


Misión de los Estados Púnicos y la “Gran Reconstrucción”


El 13 de noviembre del 2018 la Sociedad Henry Jackson discutió a profundidad el concepto de una Gran Bretaña Mundial desde una perspectiva geopolítica. La Sociedad Henry Jackson es un think tank muy influyente que cuenta entre sus miembros a varios parlamentarios británicos (entre ellos podemos contar con uno de los amigos de los investigadores de Bellingcat, el veterano de inteligencia militar anti-ruso Robert Seely), periodistas (como Mark Urban, uno de los confidentes de Skripal, que es especialista en cuestiones de inteligencia y asesinatos secretos), al exjefe de MI-6 Sir Richard Dearlove, al exjefe de la CIA James Woolsey, al neocon William Kristol y también algunos miembros que dirigen el Atlantic Council (organización prohibida en Rusia), además en este foro participó el cerebro detrás del Brexit: Michael Gove.


En esta reunión del 2018 el profesor Andrew Lambert, que pertenece a la Real Academia Militar de Sandhurst, la cual es la institución militar más prestigiosa del Reino Unido, expuso de forma detallada la misión histórica de Gran Bretaña como Sea Power (Poder del Mar) (2). Para Lambert, igual que para todos los que participaron en la reunión, el poder marítimo o Sea Power constituye una clase muy particular de identidad que asumieron en la antigüedad los fenicios y los cartagineses y posteriormente los venecianos, holandeses y británicos.


Esta identidad considera que el comercio es un principio fundamental. Los poderes marítimos creen que el mercado debe ser abierto igual a como el mar está abierto a la navegación. Además, los poderes marítimos no se caracterizas por el uso directo y abierto de las fuerzas militares, sino que más bien practican el equilibrio por medio del control de ciertos puntos nodales importantes. El pensamiento de los poderes “marítimos” intenta transferir los principios jurídicos del mar a las relaciones sociales terrestres, ya que en el mar no existen las fronteras y se desarrolla el libre comercio (aunque también se pueden mover libremente las fuerzas militares). Es interesante ver que este análisis retoma punto por punto las ideas de Carl Schmitt, quien describió el enfrentamiento entre la Tierra y el Mar como principios geopolíticos antagónicos.


Sin embargo, es increíble que la élite británica use abiertamente estas categorías y considere se vean a sí mismos como los continuadores del imperio comercial cartaginés que era enemigo de Roma. El profesor Lambert también considera que la Rusia actual es la continuadora de “Roma”, mientras que el Occidente liberal es una especie de Cartago colectiva. China es considerada una potencia terrestre.


Todo esto ayuda a entender por qué Lambert defiende el rules‑based order, “un orden basado en reglas claras”. Este es el orden al que Londres siempre insta a que regresen tanto Moscú como Pekín.


Según Lambert el orden internacional no es solamente un “regalo” que el poder naval británico le dio al mundo. Todo ello fue construido por medio de los “barcos de vapor, los cables de telégrafos submarinos, las comunicaciones inalámbricas, los servicios bancarios y el transporte marítimo internacional y financiero”.


Lambert dice que “el Reino Unido creó todos estos servicios porque hacían parte de sus intereses nacionales. No creamos nada de esto como un acto de caridad; el orden que está basado en reglas claras no es bueno en sí mismo, solo resulta bueno en la medida en que sirve a los propósitos por los cuales fue creado”.


La nueva estrategia de política exterior y de defensa de Reino Unido retoma varias de estas tesis, argumentando que “el sistema internacional que está basado en las reglas de juego creadas después de la Guerra Fría ha beneficiado muchísimo al Reino Unido y a otras naciones del mundo”. Por lo que se entiende que tanto Rusia como China deben retornar al orden unipolar que antes existía y reconocer el dominio global de la ideología liberal como única ideología posible.


En este sentido, la “sociedad abierta” es entendida como una sociedad que debe estar sometida a las influencias externas, o a la autodestrucción, más o menos del mismo modo en que los británicos “abrieron” China en el siglo XIX con tal de imponer el libre comercio de opio. Los poderes marítimos favorecen la existencia de una sociedad abierta por las mismas razones por las que favorecían la apertura de los mares o el libre comercio.


También es interesante que la élite geopolítica británica se vea a sí misma como los continuadores de la misión de “conquista” de Cartago contra Roma. La antigua Cartago perdió, dice Andrew Lambert, pero sus sucesores han tenido un gran éxito al ser capaces de crear la civilización occidental moderna.


Ahora bien, resulta claro cuál es el papel que juega el príncipe Carlos como el artífice de la “Gran Reconstrucción” (The Great Reset). El deseo de imponer a la fuerza la unipolaridad es ahora parte de la agenda de los liberales británicos y europeos (el príncipe Carlos y Klaus Schwab). Los Estados Unidos, a pesar de todo su poder, han demostrado que, después de haber elegido y apoyado a Trump, siguen siendo en el fondo demasiado provincianos y se encuentran demasiado atados a los principios “terrestres”, algo que los diferencia muchísimo de la exmetrópoli.


Un camino bastante problemático


Pero no debemos dejarnos engañar: esta independencia, o, mejor dicho, nueva autonomía de Londres con respecto a la política de Washington, tema en el que insisten los partidarios de una “Gran Bretaña Mundial”, no debe subestimarse. Con esta autonomía Londres no está descartando a los Estados Unidos, simplemente pretende hacerlos retomar el camino que deben seguir. El decrépito imperio de los Estados Unidos, representado por el dèbil mental de Biden, debe ser ayudado con tal de que no abandone su misión liberal como hegemón mundial. Así que ahora Gran Bretaña debe comenzar a asumir su responsabilidad como potencia marítima con tal de enfrentar a los poderes continentales que desafían el orden mundial.


Por lo tanto, Rusia debe estar muy pendiente de las actividades que desarrolle de ahora en adelante Gran Bretaña en Europa del Este y especialmente en Ucrania. Los servicios especiales británicos y sus fuerzas armadas han estado cooperando activamente con el régimen de Kiev desde hace mucho tiempo. En este sentido, el aumento de las tensiones militares alrededor del Donbass y la futura guerra que está a punto de estallar sin duda se encuentra conectada con la nueva política que esta promocionando Londres. Los medios de comunicación ucranianos han escrito acerca de cómo la organización británico-holandesa Bellingcat está chantajeando a Vladimir Zelensky, además de que amenaza con abrir una investigación en su contra por supuestos hechos de “traición” durante su administración. También existen pruebas de que Zelensky está tratando de resolver todo esto con la ayuda del MI-6.


Otro de los grandes problemas que enfrenta Rusia es Turquía. Londres tiene la intención de ayudar a Ankara tanto en lo económico como en la seguridad, especialmente porque reconoce el rápido crecimiento de este país como potencia. Tras la publicación de la nueva estrategia de política exterior, el embajador británico en Turquía, Dominic Chilcott, dijo en Twitter que a Londres le gustaría “trabajar con Turquía, ya que es una potencia regional importante que puede ayudar a resolver los problemas de Chipre y Libia además de ayudar al fortalecimiento del sistema internacional basado en reglas de juego claras” (3).


Tampoco debemos olvidar que el actual jefe del MI-6, Richard Moore, fue embajador en Turquía, y Ersin Tatar, actual presidente de la República Turca del Norte de Chipre, quien estudió su secundaria en Inglaterra y curso sus estudios universitarios en Cambridge puedan tener alguna relación entre sí. Es importante tener en cuenta las redes de influencia británicas en los países árabes de Oriente Medio, incluida Siria.


Ahora bien, es imposible ignorar la continua interferencia de Gran Bretaña en África y el “imperio” de PMC británicas que funciona sin ninguna interferencia en ese continente.


Guerra informática


Es curioso señalar que en el documento publicado el 16 de marzo, el cual nos da a conocer la estrategia de la Gran Bretaña Mundial, exista una sección dedicada a un programa de contra desinformación y desarrollo de medios de comunicación (Counter Disinformation and Media Development programme). Este programa hace parte del Fondo de Conflictos, Estabilidad y Seguridad (Conflict, Stability and Security Fund) del Ministerio de Relaciones Exteriores Británicas, ministerio que es conocido por patrocinar a los Cascos Blancos que han apoyado a grupos de terroristas sirios.


El programa comenzó a funcionar en el 2017 y se encuentra dirigido contra los medios de comunicación que publican en ruso. Anteriormente, el portal estadounidense Grayzone (4) contaba con el apoyo de Reuters, BBC y Bellingcat, siendo todas ellas agencias financiadas por este programa de contra información.


Todos los años este programa cuenta con alrededor de 23-25 ​​millones de libras (su página oficial solo muestra una pequeña fracción de la cantidad de dinero que es proveída por la ODA – Official Development Assistance), que son gastadas en:

  1. Fortalecer los medios de comunicación independientes y las ONG;
  2. Interactuar con audiencias que son potencialmente vulnerables a la desinformación;
  3. Toda clase de proyectos de comunicación estratégica, incluido el seguimiento, la evaluación y la investigación de los medios de comunicación del enemigo;
  4. Interactuar con las partes que estén interesadas en el programa y evaluar los costos de implementación del mismo.

El sitio web del gobierno británico contiene muy poca información acerca de este programa y simplemente se dice que en el participan varias “ONG” y otras organizaciones afines. No obstante, la parte que está dedicada a los “costos de implementación del programa y los participantes que estén interesados en este” están en blanco. Simplemente se afirma que se los deja de lado por “razones de seguridad”, lo cual parece indicar que los servicios especiales británicos están en contacto directo con los “interesados en este proyecto”.


Entre los socios directos de este programa se encuentran el Foreign Office y el Ministerio de Defensa británico, lo que indica que todo esto forma parte de una guerra informática dirigida en contra de Rusia. Y esta guerra no solo va a continuar, sino que también comenzará a intensificarse en los próximos años.


El documento La Gran Bretaña Mundial en un mundo competitivo. Una revisión integral de las cuestiones de seguridad, defensa, desarrollo y política exterior indica que Londres está tratando de fortalecer su papel en el escenario internacional, siendo una de las principales fuerzas liberales que promueven la “Gran Reconstrucción” (The Great Reset). Eso significa que ahora se ha declarado una guerra abierta tanto contra Rusia como contra China. Esta guerra adquiere en el frente ideológico la forma de una lucha a favor de la “democracia” global y la “sociedad abierta” como “fuerzas del bien” que deben eliminar al mal. En ella no se tomará ningún prisionero. Cartago dice que “Roma” debe ser destruida.

Notas:

1. https://www.chathamhouse.org/2021/01/global-britain-global-broker

2.https://henryjacksonsociety.org/members-content/the-future-of-global-britain-as-a-seapower-state/

3. https://twitter.com/DChilcottFCDO/status/1372091995443855361

4. https://thegrayzone.com/2021/02/20/reuters-bbc-uk-foreign-office-russian-media/


Fuente: Katehon / Geopolitica.ru – Traducción al español de Juan Gabriel Caro Rivera

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KONTRAINFO.COM

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20 de marzo de 2021

10 años de la destrucción de Libia




10 años de la destrucción de la Libia de Gadafi por EEUU y la OTAN. 

El precio de la pseudo-democracia y la impunidad de los perpetradores. 

POR KONTRAINFO/ 

20 MARZO, 2021


Por Denis Lukyanov


Hace una década, el 31 de marzo de 2011, la vida de millones de libios cambió para siempre. Aquel día una coalición de países occidentales empezó a bombardear el territorio libio, lo que aceleró la derrota de las fuerzas leales a Muamar Gadafi en la guerra civil. Sin embargo, la alianza dejó al país en la debacle total.


La Libia de Muamar Gadafi fue un Estado próspero con altos niveles de educación, igualdad económica y uno de los mejores sistemas sanitarios en toda África. Los habitantes del país gozaban de tranquilidad y estabilidad, pero la tormenta geopolítica en el mundo árabe trajo consigo cambios inesperados a la yamahiriya—el nombre oficial de la forma del Estado en Libia durante el gobierno de Gadafi—.


En febrero de 2011 en diferentes partes de Libia tuvieron lugar manifestaciones de protesta inspiradas por la primavera árabe. Al principio, las protestas se limitaron a la ciudad de Bengazi, pero en cuestión de días se propagaron por todo el país. Se considera que el detonante de las protestas en Libia fue la detención de un jurista, pero algunos expertos no están de acuerdo con esta versión.


Hoy muchos analistas consideran que la causa real detrás la revolución en Libia fue el conflicto entre diferentes tribus. Gadafi provenía de una tribu de la región libia de Tripolitania y permaneció en el poder durante más de 40 años, lo que no era del agrado de los miembros de otras facciones tribales. Por eso cuando surgió la oportunidad de derrocarlo, sus enemigos aprovecharon el momento.


Cuando las fuerzas leales a Gadafi usaron armas de fuego contra las manifestantes, las protestas se convirtieron en combates urbanos. Los opositores trataron de establecer el control sobre la capital, Trípoli, pero el Ejército gubernamental repelió el ataque con tanques y artillería. Para el 18 de marzo de 2011 las fuerzas de Gadafi ya estaban a punto de poner fin a la rebelión.

Cuando el Ejército gubernamental se acercó a Bengazi, el ‘corazón’ de la oposición libia, la coalición internacional intervino y cambió drásticamente el curso del conflicto armado. Bajo el pretexto de la necesidad de proteger a la población civil y sin permiso de la ONU, varias potencias occidentales empezaron a bombardear Libia. Gadafi y sus fuerzas no fueron capaces de resistir.


La propuesta de crear la llamada zona de exclusión fue hecha por el entonces vice embajador libio ante la ONU, Ibrahim Dabbashi. Este individuo, quien pasó muchos años en Nueva York y estaba muy lejos de entender las realidades de su país de origen tanto como la voluntad de su pueblo, anunció ante toda la comunidad internacional que su pueblo había llamado a Gadafi a renunciar.


Una semana después de que Dabbashi presentó su iniciativa sobre la zona de exclusión aérea, el entonces primer ministro británico David Cameron sugirió precisamente lo mismo. Los preparativos tardaron poco menos de un mes y el 19 de marzo las primeras bombas occidentales cayeron sobre Libia.

La resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, que fue aprobada el 17 de marzo, solo contemplaba la creación de la zona de exclusión aérea y la protección de los civiles libios. Pero las potencias occidentales hicieron su propia interpretación del documento y atacaron blancos militares terrestres en el país africano.


El cerebro de la operación, el Pentágono, envió una numerosa agrupación naval a las costas de Libia. Los estadounidenses también enviaron sus aviones de ataque y bombarderos a la región. Además, el Reino Unido, Italia y más de una decena de países enviaron sus fuerzas al litoral libio.


Otro país que jugó un importante papel en la operación fue Francia, que envió su portaviones a la zona del conflicto.


Los aviones franceses atacaron los vehículos blindados del Ejército gubernamental libio cerca de Bengazi, mientras que las agrupaciones navales de EEUU y el Reino Unido lanzaron más de un centenar de misiles contra blancos de las fuerzas leales a Gadafi en otras partes de Libia.

Los militares galos ni siquiera justificaron sus bombardeos en la necesidad de proteger a los civiles, sino que dijeron que lo hicieron para proteger Bengazi de las fuerzas de Gadafi. Durante la operación, los aviones franceses también atacaron los convoyes militares libios en varias ocasiones.


La creación de la zona de exclusión aérea fue en esencia una farsa, porque las fuerzas de Gadafi casi no utilizaron aviones en sus operaciones contra los opositores. Los principales equipos de combate que utilizaron fueron los tanques. Occidente simplemente usó la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU para justificar la presencia de sus aeronaves en el espacio aéreo de Libia.


Las fuerzas leales a Gadafi no fueron rivales para la aviación moderna de la coalición internacional. Su defensa antiaérea era muy vieja y no fue capaz de derribar a los aviones extranjeros.


Las relaciones entre Gadafi y los líderes de los países occidentales eran bastante tensas. Cuando surgió la oportunidad de aniquilarlo, hicieron todos los esfuerzos para deshacerse de él. Tras el golpe de Estado libio de 1969 que llevó a Gadafi al poder, Trípoli tuvo un gran número de discrepancias con Europa y Estados Unidos.


En particular, Washington acusó a Gadafi de apoyar el terrorismo internacional. París, por su parte, guardaba rencor por la invasión libia en Chad —entre 1978 y 1987—, su antigua colonia a la que ayudó durante esa guerra. Londres nunca perdonó a Gadafi por su ayuda a los independentistas de Irlanda del Norte. Además, EEUU quería tener a Libia bajo su control debido a sus enormes recursos minerales y petroleros.


Gadafi se negó a renunciar a su cargo, prometió luchar “hasta la última gota de sangre” y prefirió morir “como un mártir”.


En mayo de 2011 la OTAN lanzó una operación aérea contra la capital libia y en varias ocasiones atacaron la residencia de Gadafi, pero no lograron matarlo. Para septiembre de 2011 Gadafi había sido rodeado en su ciudad natal, Sirte, situada en el norte del país. Los opositores tomaron el control sobre la localidad y capturaron al mandatario el 20 de octubre de 2011.


Gadafi ni siquiera fue juzgado ni condenado. Los rebeldes lo torturaron hasta la muerte justo en el lugar donde fue encontrado. Poco después, el 31 de octubre, la OTAN anunció el fin de la operación en Libia.


Rusia estuvo entonces demasiado lejos para ayudar a la Libia de Gadafi. Los diplomáticos rusos no vetaron la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la OTAN porque esta no contemplaba bombardeos. En cualquier caso, la coalición internacional ya había decidido bombardear Libia, incluso sin el permiso de las Naciones Unidas como ya lo había hecho en 1999 contra Yugoslavia.

Hoy Libia es un país en ruinas y los responsables de llevar la ‘democracia’ al país norteafricano siguen impunes.



Fuente: KONTRAINFO 

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22 de enero de 2021

DAVOS Y LA AGENDA 2030


La "Agenda 2030" como el "Acuerdo de París" son el basamento fundamental del "Manifiesto de Davos" redactado el año pasado antes de la pandemia y hoy plasmado de forma concreta bajo la idea de Gran Reinicio.

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Casualmente las políticas que implementa la izquierda posmoderna a nivel global son las mismas que promueven los banqueros de Davos, los supuestas "conquista de derechos" que celebran sus militantes no son más que concesiones de la elite progresista.




EL NUEVO "CONSENSO DE WASHINGTON". DAVOS Y LA AGENDA 2030

Cristian Taborda

20.01.2021


La próxima semana la plutocracia se dará cita de forma virtual en la cumbre global del Foro Económico Mundial de Davos (World Economic Forum, WEF) cuyo eje será "The Great Reset" y el nuevo orden internacional post pandemia (?). Las medidas económicas que se plantean los multimillonarios de Davos este año estarán coordinadas de forma explícita con las políticas que impulsa desde 2015 Naciones Unidas con su AGENDA 2030, que también ¡oh casualidad! son las que promueven los plutócratas devenidos en filántropos junto a sus ONG 's y fundaciones hace décadas. La "Agenda 2030" como el "Acuerdo de París" son el basamento fundamental del "Manifiesto de Davos" redactado el año pasado antes de la pandemia y hoy plasmado de forma concreta bajo la idea de Gran Reinicio.


En aquel manifiesto asumen abiertamente el rol de las multinacionales como "en sí misma un grupo de interés -tal como los gobiernos y la sociedad civil- al servicio del futuro global." La oligarquía financiera se arroga la potestad de la toma de decisiones al interior de las naciones "tal como los gobiernos", de tal manera que el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, arengó a la elite financiera reunida en Davos a impulsar la agenda globalista: "Agenda 2030 debe ser el plan maestro para el desarrollo de todos los países"


Si en los '90 el capitalismo se rigio por los 10 puntos de Williamson, del "Consenso de Washington" y el programa neoliberal, hoy el capitalismo se guía por los 17 "objetivos para el desarrollo sostenible" (ODS) de la AGENDA 2030 de la ONU y el programa económico de Davos. El capitalismo "inclusivo" o stakeholder capitalism según Klaus Schwab, fundador del Foro de Davos.


La Agenda de Davos se plantea como guía para el futuro post pandemia con una agenda trans económica, transnacional, transgénero y transhumanista con los ejes puestos en el igualitarismo, cosmopolitismo, ecologismo y feminismo con una visión poshumanista. En un video publicitario de 2017 el WEF realizaba "ocho predicciones para el mundo en 2030" donde se hace explícita la agenda, los puntos:


1) "No poseerás nada y serás feliz". "Podrás alquilar cualquier cosa que necesites".


2) "Estados Unidos no será potencia mundial"


3) "No se harán trasplantes de órgano sino que estos se crearán".


4) "Comerás menos carne". "No será un alimento básico para el bien del medio ambiente y tu salud".


5) "Mil millones de personas tendrán que desplazarse por el cambio climático".


6) "Las empresas tendrán que pagar por emitir dióxido de carbono".


7) "La humanidad podría viajar a Marte".


8) "Los valores occidentales serán puestos a prueba".


https://m.youtube.com/watch?v=ZzdCTyMWQBs


El énfasis de esta "predicción" está puesto con claridad en la denominada "cuarta revolución industrial" y la revolución biotecnológica como en la transición ecológica y el transhumanismo en un mundo cosmopolita con nuevos valores, los de la élite. Estas ideas no son abstractas y cuentan con su praxis en el "Gran Reseteo" cuyas premisas para llevar adelante este proyecto de "capitalismo inclusivo" son la "nueva normalidad", un "Nuevo Contrato Social" y la "Renta Básica Universal". Lejos de las buenas intenciones esto tiene su origen inspirado en maximizar aún más sus ganancias con las nuevas tecnologías que desplazará a millones de su trabajo y el miedo que inspira saber que va haber un ejército de desocupados a nivel global con la consecuencia de un posible estallido social planetario tal lo planteo  recientemente Klaus Schwab en una entrevista al diario El País .

Casualmente las políticas que implementa la izquierda posmoderna a nivel global son las mismas que promueven los banqueros de Davos, los supuestas "conquista de derechos" que celebran sus militantes no son más que concesiones de la elite progresista.


El capitalismo ya no es más de derecha, privatista y neoliberal, hoy es de izquierda, estatista y progresista, el capitalismo, el dinero y el poder no tienen principios ideológicos como tampoco sus actuales difusores que ahora se esconden bajo las máscaras de la nueva revolución burguesa: "igualdad", "inclusión" y "diversidad". Los que hoy dicen combatir a la "derecha neoliberal" se pelean con un fantasma, no existe, son los mejores defensores del capitalismo financiero que se volvió de izquierda. El capitalismo hoy es un Socialismo Burgués. Como decía Marx el socialismo "par excellence".


Fuente: Geopolítica.ru

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18 de enero de 2021

Entrega del Río de la Plata

 


“este decreto es una de las claudicaciones geopolíticas más graves de la historia argentina, después de la caída de Puerto Argentino en la Guerra de Malvinas”



Entrega de soberanía sobre Cuenca del Plata: “Fernández entregó el Río de la Plata. 

Es un jaque mate de dos jugadas que empieza Macri y termina Fernández”

POR KONTRAINFO/JL · 18 ENERO, 2021


El ingeniero Horacio Tettamanti, ex Subsecretario de Puertos y Vías Navegables de la Nación, explicó hoy el entramado del Decreto 949/20, publicado el 26 de noviembre pasado en el Boletín Oficial. En declaraciones radiales, Tettamanti acusó que dicho decreto generó la pérdida de la soberanía del Río Paraná, Río de la Plata y Atlántico sur.


Según el ingeniero, “fue un decreto muy importante, lamentablemente fue firmado el día que murió Armando Maradona y publicado en el Boletín Oficial el día del sepelio, con lo cual la atención de los argentinos no estaba en su mejor momento”, señaló.


Tettamanti, aseguró que “este decreto es una de las claudicaciones geopolíticas más graves de la historia argentina, después de la caída de Puerto Argentino en la Guerra de Malvinas”, expresó.


Además, consideró que “por la forma que está redactado, por el mal castellano y horrores técnicos de confusión en cuanto a sujetos geográficos que involucra, seguramente no fue redactado en la Argentina. Lo más importante es la cita de la boya km 239, eso significa básicamente una claudicación y la entrega de la soberanía”.


Para el ex funcionario, “esto es el segundo paso de lo que había decidido Mauricio Macri de allanar a libro cerrado la profundización del canal de Montevideo y se complementa con esta medida, es un jaque mate de dos jugadas, que empieza Macri y complementa Alberto Fernández”.


Tettamanti señaló que “no solamente se entregó el Río de la Plata sino lo que significa el Rio de la Plata, es una llave estratégica por la cual se pasa a controlar no solamente la cuenca del plata y el Río Paraná sino prácticamente el Atlántico Sur, es una consolidación de la política de Consenso de Washington si uno lee los considerando, que a veces son más importante que el articulado, va a ver con mucha facilidad que prácticamente es un apología a la década del ’90.”


El ingeniero, advierte que “este decreto consolida ese modelo de colonización, de sometimiento y da por tierra  todas las herramientas que teníamos los argentinos con las que podíamos articular una estrategia para poder contrarrestar este modelo de entrega de nuestra soberanía”.


Y agregó: “El Río de La Plata es una llave estratégica de toda la Argentina, no es solamente del Paraná, las provincias patagónicas dependen del Río de La Plata, -Alberto- Fernández al entregar el Río de La Plata también entrega la Patagonia, que queda fuertemente condicionada y comprometida”.


Al ser consultado por qué este decreto es una gran entrega, Tettamanti remarcó que este decreto “consolida un proyecto que se fue estructurando desde la década del ’90 que fue la pérdida sistemática de la Argentina en diferentes etapas, nunca antes la Argentina, hasta el gobierno de Macri había tomado dos decisiones que ningún gobierno se animó a tomar, ni siquiera -Domingo- Cavallo ni las dictaduras militares que fue allanarse a libro cerrado la canalización profunda de Montevideo. Ahora con los 47 pies que allanó Macri, que fue primero autorizar la profundización del canal de Montevideo, lo de Fernández es peor, ahora la Argentina se subordina a Montevideo”.


Y continuó: “Primero autorizaron la profundización del canal de Montevideo para que se entronice por primera vez en los 200 años de historia argentina, como definitivamente la derrota de la Batalla de Montevideo, de los Pozos, de la Vuelta de Obligado, fueron todas batallas para ir defendiendo esto. Definitivamente Fernández dice, como Rivadavia, que la Argentina se subordina a Montevideo”.


Además, el ingeniero remarcó que “Fernández podía haber tenido la posibilidad de no haber nombrado la boya 239, porque es justamente la que está en frente de Montevideo y que queda subordinada a este proyecto, es decir, Fernández obliga a los argentinos a navegar al norte y salir frente a Montevideo, que es lo mismo que decir que a partir de ahora toda la navegación a la cuenca del Plata queda subordinado al canal de Montevideo. Todo buque que ingrese o egrese del Río de La Plata, lo tienen que hacer con la autorización de una infraestructura de portuaria extranjera, es decir, si Montevideo no autoriza a la operación de ingreso, los buques no ingresan”, describió.


Tettamanti, señaló además que además “la dinámica del conflicto del Paraná no es ajena del Atlántico Sur, se ha hecho una jugada brillante la del adversario imponiéndole este decreto al Presidente, se quedó por un lado con el Paraná, pero también por el Atlántico Sur, porque a partir de ahora no solamente Montevideo es la hegemonía de la Cuenca del Plata sino que también es la hegemonía del Atlántico Sur, no por casualidad toda la pesca furtiva del sur argentino tiene como base operativa Montevideo”.


El ex Subsecretario de Puertos y Vías Navegables de la Nación, apuntó contra el secretario de las Islas Malvinas y del Atlántico Sur de la Cancillería, Daniel Filmus: “no es como dice Filmus, ‘los tres o cuatro barcos que se meten en el mar argentino’, se olvida que el mar argentino ocupado por los ingleses es tan argentino como el resto, con lo cual cuando Filmus dice que ‘hay barcos piratas buenos y malos’, los piratas malos se meten en el agua que hoy Argentina controla, pero el pirata que ingresa en las aguas ocupadas por Inglaterra y que reciben protección militar y pagan para que ese ejército de ocupación les proteja su pesca con un cannon, también lo están haciendo en las aguas argentinas. Es un grave error el que hace Filmus, porque es de alguna forma una mente colonizada o derrotada”, sentenció.


Para Tettamanti, “la Argentina está entre una situación de pinzas entre Punta Arenas y Montevideo, estos y Puerto Stanley son un triángulo donde la Argentina queda muy debilitada y evidentemente con este decreto es una derrota y una claudicación muy importante”. Y advirtió que esta situación se da en una “situación de paz, no hablemos en situación donde hubiera conflictos donde directamente nos bloquean la salida de Montevideo”.


En un escenario de conflicto bélico, el ingeniero invitó a reflexionar “pensemos como argentinos, un país derrotado, de rodillas que no tiene ninguna posibilidad de hacer defensa de sus intereses, si hoy el rompehielos si sale de Buenos Aires tiene que ir a la Antártida va a tener que navegar ahora al norte y pasar por Montevideo”, expresó.


“La Argentina queda prácticamente sin salida al mar soberano, la Argentina queda sometida a la intervención de un tercer país para poder alcanzar el mar”, sentenció Horacio Tettamanti.

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Fuente KONTRAINFO

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22 de diciembre de 2020

Deconstrucción de la izquierda posmoderna - I

 

No nos encontramos aquí frente a “marxismo cultural”, ni frente al “marxismo” a secas, ni mucho menos frente al comunismo. Todo lo contrario. La izquierda posmoderna –y esta es la tesis central que defenderemos en estas páginas– tiene muy poco de marxista y sí mucho de neoliberalismo cultural puro y duro.




Deconstrucción de la izquierda posmoderna – Parte I

por Adriano Erriguel *

21 de septiembre de 2018

 

Toda lucha por la hegemonía política comienza por una definición del enemigo. Pero siendo la política el ámbito por excelencia del antagonismo, está claro que esas definiciones nunca pueden ser neutrales. No estamos aquí en el campo de la probidad intelectual, ni en el de las pautas verificables de objetividad y precisión. Toda lucha política aspira a movilizar un capital emocional, se apoya en recursos retóricos, intenta arrastrar al antagonista hacia un terreno de juego amañado. En esa tesitura, aquél que determina los códigos lingüísticos ha ganado la partida. No en vano, la hegemonía consiste precisamente en eso: en un juego. O más exactamente, en juegos de lenguaje.

 

El pensamiento hegemónico de nuestros días – todo eso que el politólogo norteamericano John Fonte bautizaba hace años como progresismo transnacional – ha impuesto de forma aplastante su definición del enemigo. Todo aquél que se enfrente a su visión mesiánica del futuro – un mundo postnacional de ciudadanía global, en el que una gobernanza mundial irá desplazando a las soberanías nacionales – se verá inmediatamente tildado de reaccionario, de ultraconservador o de populista, cuando no de algo peor.[1]


Caben pocas dudas: en el debate público actual casi todas las cartas están marcadas. Si bien el lenguaje nunca es neutral, hoy está más trucado que nunca. Pocos diagnósticos más erróneos – entre los formulados en el siglo XX– que aquél que profetizaba el “fin de las ideologías”. Hoy la ideología está por todas partes. La prueba es que asistimos a la imposición de un lenguaje extremadamente ideologizado, si bien de forma subrepticia y con el noble aval de poderes e instituciones.


¿Un lenguaje ideologizado? Aunque por su omnipresencia parezca invisible, ese lenguaje existe y es el instrumento de una sociedad de control. El control comienza siempre por el uso de las palabras.


¿Qué tipo de palabras? ¿Cómo se organizan?


Si intentamos una clasificación somera podemos distinguir varias categorías. Por ejemplo: las palabras–trampa, aquellas que tienen un sentido reasignado o usurpado (“tolerancia”, “diversidad”, “inclusión”, “solidaridad”, “compromiso”, “respeto”); las palabras–fetiche, promocionadas como objetos de adoración (“sin papeles”, “nómada”, “activista”, “indignado”, “mestizaje”, “las víctimas”, “los otros”); los términos institucionales, santo y seña de la superclase global (“gobernanza”, “transparencia, “empoderamiento” “perspectiva de género”); los hallazgos de la corrección política (“zonas seguras”, “acción afirmativa”, “antiespecista”, “animalista”, “vegano”); los idiolectos universitarios con pretensiones científicas (“constructo social”, “heteropatriarcal”, “interseccionalidad”, “cisgénero”, “racializar”, “subalternidad”); los eufemismos destinados a suavizar verdades incómodas: “flexibilidad” y “movilidad” (para endulzar la precariedad laboral), “reformas” (para designar los recortes sociales), “humanitario” (para acompañar un intervención militar), “filántropo” (más simpático que “especulador internacional”), “reasignación de género” (más sofisticado que “cambio de sexo”), “interrupción voluntaria del embarazo” (menos brutal que “aborto”), “post–verdad” (dícese de la información que no sigue la línea oficial).


Especial protagonismo tienen las “palabras policía” (George Orwell las llamaba blanket words) que cumplen la función de paralizar o aterrorizar al oponente (“problemático”, “reaccionario”, “nauseabundo”, “ultraconservador”, “racista”, “sexista”, “fascista”). Destaca aquí el lenguaje de las “fobias” (“xenofobia” “homofobia”, “transfobia”, “serofobia”, etcétera) que busca convertir en patologías todos aquellos pensamientos que choquen con el código de valores dominantes (pensamientos que, inevitablemente, formarán parte de un “discurso de odio”). Sin olvidar las palabras–tabú: aquellas que denotan realidades arcaicas, inconvenientes y peligrosas (“patria”, “raza”, “pueblo”, “frontera”, “civilización”, “decadencia”, “feminidad”, “virilidad”). [2]


La “Nuevalengua” (Newspeak) de la corrección política tiene dos características: 1) se transmite de forma viral por el mainstream mediático 2) su utilización funciona como un código o “aval” de conformidad con la ideología dominante. El objetivo de la Nuevalengua– como Orwell demostró en “1984”– es determinar los límites de lo pensable. Por eso la hegemonía construye su propio vocabulario, decide sobre sus significados y se atribuye el monopolio de la palabra legítima. De esta forma, cualquier atisbo de rebelión contra el “pensamiento único” se encuentra, ya de entrada, “encastrado” en el campo semántico del enemigo.


Pero ¿qué enemigo?


Los objetores al pensamiento único necesitan definir a qué se enfrentan aquí. Y como estamos hablando de relaciones de antagonismo, la definición, lejos de ser neutral, debe contener un elemento peyorativo que asegure su eficacia política. Los objetores al pensamiento único deben construir su propio campo semántico, deben aprender a jugar los juegos de lenguaje.


¿Quién manda aquí?


En los estudios sobre filosofía del lenguaje es un lugar común citar un famoso pasaje de “Alicia a través del espejo”, de Lewis Carroll. Recordemos el episodio. Alicia dialoga con Humpty Dumpty, el grotesco personaje con forma de huevo, criatura del folklore inglés. En un momento dado, Humpty Dumpty utiliza palabras con un significado aparentemente ajeno al contenido de la conversación. Cuando Alicia se lo reprocha, el diálogo sigue de la siguiente forma:


– “Cuando yo uso una palabra – dijo Humpty Dumpty en un tono desdeñoso – quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos.


– La cuestión – insistió Alicia – es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.


– La cuestión – zanjó Humpty Dumpty – es saber quién es el que manda…, eso es todo”.


En su fabulación, Lewis Carroll capturaba de forma sencilla algo que, años más tarde, se convertiría en el gran campo de minas de la filosofía posmoderna: el cuestionamiento de la idea de significado, el desafío a las teorías tradicionales del lenguaje y de la cultura, el post–estructuralismo y la deconstrucción. Básicamente, lo que los filósofos del lenguaje venían a decir – en la línea de Wittgenstein y de Humpty Dumpty – era que el lenguaje se constituye en una serie de “juegos”, y que los enunciados o declaraciones se agrupan en tipologías diferentes que dependen de reglas compartidas y producen una relación entre los hablantes, de la misma forma en que los juegos requieren reglas y generan una relación entre los jugadores. En ese sentido los diálogos pueden ser vistos como una “sucesión de maniobras”: “hablar es luchar” en el sentido de “jugar”. La conclusión esencial de todo esto es que “al ganar una ronda, al replicar de forma inesperada, al alterar los términos del debate, al disentir frente a la posición dominante, podemos alterar las relaciones de poder, aunque sea de forma imperceptible”.[3]


La cuestión es saber quién manda. Aquél de los jugadores que acepte como propio el campo semántico del enemigo, o que maneje un código lingüístico obsoleto, está perdido de antemano.


La lucha por el lenguaje forma parte de un gran fenómeno posmoderno: las guerras culturales.


El Gran Juego


Nuestra aldea global está inmersa en un “gran juego”. Ese juego puede definirse acudiendo a un concepto nacido en el mundo anglosajón: las “guerras culturales”. Lo que ese concepto quiere decir es que la política ha desbordado el ámbito estricto de las doctrinas políticas y los programas electorales. Hoy más que nunca – como lo vio Gramsci hace casi un siglo– todo es política. Tradicionalmente es la izquierda la que mejor lo ha comprendido, y por eso lo ha politizado absolutamente todo: el lenguaje por supuesto, pero muy especialmente todo aquello que atañe a la vida privada y a los aspectos más íntimos de la persona. En la parte que le toca, la derecha – inspirada en los principios del liberalismo clásico – abandonó la vida privada al albedrío de cada individuo y se centró en la gestión de la economía. Una derecha gestionaria frente a una izquierda de valores: esa ha sido – grosso modo y simplificando mucho – la situación durante las últimas décadas. Pero algo ha cambiado en los últimos años. El primer resultado tangible de ese cambio se ha visto en los Estados Unidos, el laboratorio principal de esa “izquierda de valores” que sigue constituyendo, hoy por hoy, el pensamiento hegemónico.


Los meses que precedieron a la victoria de Trump en noviembre 2016 no fueron una campaña electoral al uso, sino más bien la culminación de una “guerra cultural” que se venía librando desde hacía años. Más allá de las estridencias del personaje, lo importante de Trump es el fenómeno social y cultural que representa, y que hizo posible la incubación de este inesperado terremoto político. Lo que ocurrió fue que, ante la dictadura de la corrección política, las fuerzas disidentes habían empezado a construir su propio campo semántico, a quebrar el “marco” lingüístico definido por el enemigo.


Las “guerras culturales” se configuran como un concepto clave para los años venideros. La vieja derecha – la llamada derecha “civilizada”– con su discurso legalista y tecnocrático se encuentra en este terreno completamente perdida. Confiada en el fondo en su superioridad intelectual (acreditada, a su juicio, por la gestión económica) esa derecha se limita a asumir como propias las cruzadas culturales definidas desde la izquierda, transcurridos (eso sí) los plazos preventivos de aclimatación. La razón de fondo es que, en realidad, esa derecha asume el mismo marco mental que la izquierda: la historia tiene un “sentido” que sigue el curso del progreso.


Pero volvemos a la pregunta anterior. Para los disidentes frente al pensamiento hegemónico: ¿cómo definir al enemigo?


La cosa se complica tras la irrupción, durante los últimos años, de un nuevo elemento: una izquierda populista estimulada por la crisis financiera de 2008. En realidad, esto no constituye ninguna sorpresa. La llegada del populismo de izquierdas se ha visto preparada, durante las últimas décadas, por el aplastante predominio – en los ámbitos cultural, académico y mediático– de la izquierda posmoderna. Existe una relación de continuidad entre los nuevos movimientos de izquierda (llámense populistas, radicales, de extrema izquierda o como se quiera) y la izquierda posmoderna. Ambos comparten los mismos dogmas, el mismo sustrato cultural, la misma mitología progresista. Ambos son el ecosistema natural de la “corrección política”. Ambos son coetáneos del período de máxima expansión del neoliberalismo (una coincidencia nada casual a la que nos referiremos más tarde). Para calificar al pensamiento de esa izquierda posmoderna algunos utilizan el término de “marxismo cultural”. Para calificar a esa izquierda populista muchos continúan refiriéndose al comunismo o al “neo–comunismo”, como si éste fuera una amenaza real, como si éste tuviese la capacidad de reproducir la experiencia totalitaria del siglo XX.


Pero estas definiciones responden a categorías obsoletas. No nos encontramos aquí frente a “marxismo cultural”, ni frente al “marxismo” a secas, ni mucho menos frente al comunismo. Todo lo contrario. La izquierda posmoderna –y esta es la tesis central que defenderemos en estas páginas– tiene muy poco de marxista y sí mucho de neoliberalismo cultural puro y duro.


Pero eso es algo que a primera vista no parece tan claro. Es muy cierto que la izquierda radical usa y abusa de una retórica “retro” (el “antifascismo” en primer lugar) y reclama para sí el patrimonio moral de las luchas “progresistas” del pasado. Pero con ello lo único que hace es parasitar una épica revolucionaria que no le corresponde. En realidad, la apuesta ideológica de la izquierda en todas sus variedades (desde la socialdemócrata hasta la más radical o populista) se inscribe de facto en la agenda de la globalización neoliberal. Y si su pensamiento es a veces calificado como “marxismo cultural”, ello obedece al peso del viejo lenguaje, así como a la rutina mental de la derecha habituada a categorizar como “comunista” todo lo que no le gusta.


Pero no, no nos encontramos en vísperas de un “asalto a los cielos” leninista, ni en el de una socialización de los medios de producción, ni en el de una dictadura del proletariado. Todo lo contrario: el escenario es el de la dictadura de una “superclase” (overclass) mundializada, apoyada en técnicas de “gobernanza” posdemocrática. Un escenario en el que la izquierda radical ejerce las funciones de acelerador y comparsa, preparando el clima cultural propicio a todas las huidas hacia adelante de la civilización liberal. Frente a los desafectos, la izquierda radical asegura – con su celo vigilante e histeria correctista– una función intimidatoria y represora que adquiere tintes parapoliciales. Tareas todas ellas perfectamente homologadas por el sistema.


¿De dónde vienen, pues, los equívocos? En el mundo de las ideas no hay blancos y negros. El vocabulario actual de la corrección política se nutre, sin ninguna duda, de una incubación en el posmarxismo de la Escuela de Frankfurt y sus epígonos. Ahí está el origen de un malentendido – el pretendido carácter “marxista” de la ideología hoy dominante – que la guerra cultural anti–mundialista debería deshacer de una vez por todas, si quisiera asumir una definición eficaz del enemigo.


Conviene para ello hacer un poco de historia.


Los auténticos enterradores del marxismo

Suele pensarse que el fin del marxismo como ideología política tuvo lugar en 1989, con la caída del “socialismo real” y el derrumbe de la URSS. Pero lo cierto es que el marxismo había sido enterrado muchos años antes, y que bastantes de sus enterradores pasaban por ser discípulos de Marx.


En realidad, el acontecimiento que supuso el canto de cisne del marxismo fue la revolución de mayo 1968, el momento en que el movimiento obrero fue desplazado por un sucedáneo: el “gauchismo” liberal–libertario.[4] Pero la epifanía progre de los estudiantes de París y de Berkeley había sido prefigurada – con varias décadas de antelación – por el corpus teórico (también llamado “teoría crítica”) de la “Escuela de Frankfurt”. Fueron los intelectuales del “Instituto para la Investigación Social” fundado en 1923 en esa ciudad alemana los que provocaron, desde dentro, la implosión del marxismo. Muchas de las ideas y temas impulsados por esos intelectuales se encuentran en el origen de los condensados ideológicos que hoy conforman la ideología mundialista.


Desde sus primeros años y durante su etapa de exilio en los Estados Unidos, la Escuela de Frankfurt arrumbó en el desván de la historia el dogma central del marxismo ortodoxo: el determinismo económico, la idea de que son las condiciones materiales y los medios de producción (la infraestructura) los que determinan el curso de la historia, la visión fatalista de un triunfo inevitable del socialismo. Lo que a los intelectuales de Frankfurt les interesaba era la acción sobre la “superestructura”, puesto que son las condiciones culturales – más que la economía – las que determinan la reificación y la alienación de los seres humanos. Algo que Georg Lukács ya apuntaba en “Historia y conciencia de clase” (1923), la obra fundadora del marxismo occidental. No en vano todas las luminarias de la escuela – Max Horkheimer, Theodor Adorno, Erich Fromm, Herbert Marcuse – se centrarían casi exclusivamente en la crítica cultural, dejando de un lado las cuestiones económicas. Lo cual nos lleva al segundo golpe – todavía más letal – que la escuela de Frankfurt iba a propinar al marxismo ortodoxo.


Al centrar sus denuncias en la reificación y la alienación de los seres humanos – y no en las condiciones económicas de explotación capitalista– estos intelectuales desplazaban el fin último de la transformación social: ésta ya no se reduciría a la abolición de las injusticias sociales, sino que se centraría en la eliminación de las causas psicológicas, culturales y antropológicas de la infelicidad humana. En esa línea, estos autores se esforzarían en establecer pasarelas entre el materialismo histórico y pensadores ajenos a esa tradición, tales como Freud (es el llamado “freudo–marxismo”) o – en un improbable ejercicio de malabarismo intelectual – el mismísimo Nietzsche. En realidad, la escuela de Frankfurt es un abigarrado taller de herramientas intelectuales donde se puede encontrar un poco de todo: las intuiciones más brillantes se codean con las amalgamas más precarias, y una crítica extremadamente perspicaz de la modernidad y sus condiciones de desenvolvimiento se ve mezclada con un empecinamiento utópico abocado al dogmatismo. Todo ello bañado en una atmósfera de virtuosismo y de elitismo intelectual que sellaba el extrañamiento definitivo entre los “intelectuales orgánicos” y la gente corriente. O lo que es decir, entre la intelligentsia progresista y el pueblo. 


Cosmópolis utópica

La escuela de Frankfurt ofrece una gran paradoja: partiendo del marxismo – o más bien, de una interpretación “humanista” de la obra del “joven Marx” – sus teóricos preparaban el terreno para la ideología orgánica de la globalización neoliberal. El primer puente entre ambos mundos tiene mucho que ver con el fetiche ideológico de estos intelectuales: la idea de utopía. Para la escuela de Frankfurt, la utopía no es un “día del Juicio” o fin de la historia en el sentido marxista – el advenimiento de una sociedad sin clases –, sino que, insuflando una nota de realismo, admiten que si bien nunca alcanzaremos la Salvación o Redención final, el mantenimiento del Ideal – el sueño de la Redención – es un bien en sí mismo, puesto que nos impele a una mejora indefinida de la Humanidad. Es el “principio esperanza” definido por el filósofo Ernst Bloch. Bajo el baremo implacable de la Utopía, el presente se ve así sometido a una acusación perpetua, se ve impelido a avanzar por la senda del cosmopolitismo y de la “tolerancia” en pos del (siempre distante) espejismo utópico. Pero no se trata aquí de una utopía colectivista del tipo de la “sociedad comunista” del marxismo clásico. Desde el momento en que se vincula a una idea de “felicidad” personal, la utopía frankfurtiana concierne sobre todo al individuo. Lo que nos conduce al segundo gran puente con el neoliberalismo.


Que la “felicidad” como reivindicación individual es un viejo fetiche del liberalismo, es algo que no requiere grandes demostraciones. Basta con leerlo en la Constitución de los Estados Unidos. La aportación de la Escuela de Frankfurt consistió en encauzar hacia esa reivindicación una parte del capital teórico del marxismo, remodelándolo como una especie de filosofía “humanista” y relegando sus enfoques de clase y sus aspiraciones revolucionarias. La llave maestra para ello consistió en el descubrimiento del “joven Marx” – el de los “Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844”– con sus “inclinaciones utópicas y su visión de un hombre nuevo y liberado del egotismo, de la crueldad y de la alienación. La revolución contra el capitalismo se sustituyó por algo parecido a un intento de transformación de la condición humana. El socialismo pasaba así a identificarse con una forma de tratar a la gente, más que con un modelo institucional y político”.[5] Aquí se consuma el auténtico entierro del marxismo.


Frente a las categorías materialistas y positivistas del marxismo – empeñadas en una analogía con las ciencias naturales –, la “Escuela de Frankfurt” enfatizaba los elementos éticos, subjetivos e individuales de la “teoría crítica”, de forma que ésta se configuraba como una teoría general de la transformación social, a su vez espoleada por un deseo de “liberación” entendida en sentido individual. La “liberación” y la “emancipación” eclipsaban así el objetivo de la revolución y se fundían en el horizonte utópico de una “felicidad” orientada al desarrollo personal. No es extraño que Wilhelm Reich – con sus trabajos sobre sexología– o Erich Fromm – con obras como “El concepto de hombre en Marx”– alcanzaran gran popularidad y fueran ampliamente leídos en los medios radicales norteamericanos.


¿Qué quedaba entonces del marxismo? Una retórica, una jerga académica, una dialéctica opresores/oprimidos, una cáscara de romanticismo subversivo al servicio del único sistema que, de hecho, hace tangible ese grial utópico de la “liberación” individual indefinida: el liberalismo libertario en lo cultural, el neoliberalismo en lo económico; lo que es decir: el capitalismo en su estadio final de desarrollo.


Del posmarxismo al neoliberalismo

La primera regla de la guerra cultural es saber leer al enemigo. El legado de la escuela de Frankfurt es demasiado rico como para ser arrojado en el cómodo saco del “marxismo cultural”; de hecho, buena parte de sus postulados admiten una lectura “de derecha”. El caso más evidente – e interesante – es la perspectiva “antiprogresista” desarrollada por una parte de esta escuela.


Una de las paradojas de la teoría frankfurtiana consiste en su crítica sistemática de la modernidad. En realidad, se trata de la única crítica de la modernidad y de la idea de “progreso” que haya sido formulada desde la izquierda, o al menos desde una tradición no conservadora o no reaccionaria. Posiblemente sea también la más brillante de las realizadas hasta la fecha. La experiencia de Auschwitz y la consiguiente ruina del optimismo progresista son las bases sobre las que se construye la obra seminal de Max Horkheimer y Theodor Adorno: “Dialéctica de la Ilustración”. En esa obra, lo que ambos autores vienen a decir es que, después de todo, tal vez el precio a pagar por “el progreso” sea demasiado alto, y que los ideales racionalistas, cuando son absolutizados, revierten en su opuesto: en un nuevo irracionalismo. En su enfoque crítico sobre la Ilustración, ambos autores rechazan la narrativa tradicional que se focalizaba sobre la evolución de las instituciones, las ideas políticas o el progreso tecnológico, y se centran en una crítica antropológica: los daños causados por el despliegue de la razón instrumental en una sociedad totalmente administrada, con sus corolarios de reificación y alienación de la persona. Desde esa perspectiva, el panorama de la modernidad y del progreso podía ser muy sombrío. Hay por lo tanto en la Escuela de Frankfurt una apertura hacia un cierto conservadurismo cultural.[6] No en vano Horkheimer señalaba que, así como hay cosas que deben ser transformadas, hay otras que deben ser preservadas, y que un verdadero revolucionario está más cerca de un verdadero conservador que de un fascista o de un comunista.


Pero aceptadas estas premisas, la diferencia con una auténtica “crítica de derecha” es clara: allí donde ésta hubiera puesto el énfasis en la denuncia de la uniformización cultural, el desarraigo identitario y la ruptura del vínculo comunitario (fenómenos todos ellos impulsados por la modernidad), Horkheimer y Adorno tienen un enfoque individualista: la denuncia de la pérdida de “autonomía” personal, el rechazo a los “procesos de dominación” que afligen al individuo. Sea como fuere, la crítica frankfurtiana a la modernidad sigue siendo una píldora dura de tragar para la vulgata progresista y el “pensamiento positivo” de nuestra época. Por eso mismo continúa siendo una aportación insoslayable para todos aquellos que, ya sea desde la derecha o desde la izquierda, desean acometer una deconstrucción teórica de la modernidad, la Ilustración y el “progreso”.


Pero el genio del liberalismo consiste en su capacidad para absorber todas las críticas, su habilidad para transformarlas en “oposición controlada”. El éxito de la “teoría crítica” frankfurtiana marcó su integración en las instituciones, algo que los propios Horkheimer y Adorno habían ya previsto cuando señalaban que, en la medida en que una obra gana en popularidad, su impulso radical se ve integrado dentro del sistema. El liberalismo desechó la parte más auténticamente subversiva de la Escuela de Frankfurt – la crítica de la razón instrumental, el análisis sobre la desacralización del mundo, la reivindicación de los valores no económicos, la denuncia del consumismo, el rechazo a la mercantilización de la cultura, la advertencia sobre la pérdida de “sentido” – y adoptó sus postulados más individualistas y libertarios de “emancipación” y de rechazo a la “dominación” ejercida por la familia, el Estado y la iglesia. La “dialéctica negativa” desarrollada por la Escuela de Frankfurt sirvió así de instrumento a toda una generación de radicales americanos y europeos empeñados en una reconfiguración profunda de la sexualidad, la educación y la familia.


A un nivel teórico más profundo, la “dialéctica negativa” frankfurtiana enlazaba sin solución de continuidad con una nueva generación más radical y carente de los escrúpulos “conservadores” de Horkheimer y sus amigos: la generación del posmodernismo y del post–estructuralismo, de Foucault y de Derrida, de la deconstrucción y de la ideología de género. A partir de los años 1970 se sentarían las bases de una nueva cultura y de un “hombre nuevo”.


Quedaba expedito el camino hacia el neoliberalismo.


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[1] John Fonte, Investigador del Instituto Hudson (Washington), acuñó en 2001 el término “progresismo transnacional” para dirigirse a la ideología de la post–guerra fría. Se trata de una de las mejores descripciones de la ideología mundialista realizadas hasta la fecha. Según Fonte, entre las creencias promovidas por esta ideología figuran: 1) promover las identidades de grupo (género, etnia) sobre las identidades individuales; 2) una visión maniquea de opresores/oprimidos; 3) una promoción de las minorías oprimidas a través de cuotas; 4) la adopción de los valores de estas minorías por parte de las instituciones; 5) el inmigracionismo; 6) la promoción de la “diversidad” frente a la idea de asimilación en países de destino; 7) la redefinición de la democracia para acomodar la representación de las minorías; 8) la deconstrucción “posmoderna” de las naciones occidentales, y su sustitución por el multiculturalismo.

 https://www.hudson.org/content/researchattachments/attachment/254/transnational_progressivism.pdf

[2] Para esta clasificación nos apoyamos, de forma bastante libre, en la obra magistral de Jean–Yves Le Gallou y Michel Geoffroy, Dictionnaire de Novolangue. Ces 1000 mots qui vous manipulent. Via Romana 2015, pp. 10–11.

[3] Catherine Belsey, Poststructuralism. A very Short Introduction. Oxford University Press 2002, pp.97–98.

[4] Adriano Erriguel, Vivir en Progrelandia. Mayo del 68 y su legado. www.elmanifiesto.com

[5] Stephen Eric Bronner, Critical Theory. A very short introduction. Oxford University Press 2011, p. 48.

[6] Es lo que el crítico cultural británico Jonathan Bowden llamaba el “secreto íntimo” de la Escuela de Frankfurt. Jonathan Bowden, Frankfurt School Revisionism. https://www–counter–currents.com)


El libro “Dialéctica de la Ilustración” de Adorno y Horkheimer fue una influencia mayor en los orígenes de la corriente de ideas conocida como la “Nueva derecha” francesa.


*Publicado por ElManifiesto.com – Adriano Erriguel nació en Ciudad de México hace más de cuatro décadas, en familia de ascendencia española. Estudió derecho y ciencias políticas. Abogado y consultor en ejercicio, ha residido y trabajado en diferentes países europeos. Desde hace años ejerce una labor de crítica literaria y de ensayo en el campo de la historia de las ideas, desde una perspectiva que él se empeña en llamar «metapolítica». Su área de atención preferente son las corrientes intelectuales marginales, alternativas y ajenas a los consensos ideológicos imperantes. Su ambición es ir trazando una cartografía intelectual de los focos de rebelión que, desde una perspectiva antimoderna o posmoderna, se enfrentan a la corrección política y al pensamiento único.


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Fuente: 

Elmanifiesto.com


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