30 de agosto de 2019

Los Chalecos Amarillos y la izquierda


¿Se ha acabado en Francia el movimiento de los Chalecos Amarillos?
François Bousquet. 27 de agosto de 2019



La extrema izquierda ha recuperado los Chalecos Amarillos después de haberlos despreciado, escribe el ensayista Francisco Bousquet. Si la movilización pierde gran parte de su fuerza, las causas profundas del malestar no se han resuelto.

Su Panteón es la fosa común. Sus Campos Elíseos, una rotonda. Su fiesta en el jardín, una barbacoa. He aquí, resumida a grandes rasgos, la Francia periférica que en el otoño de 2018 entró por efracción en las noticias. Antes de que se vistiera de amarillo casi nadie quería oír hablar de ella. Ya hace treinta años que esta Francia fue arrojada a las tinieblas. Un agujero negro. Millones de vidas en barbecho, enterradas vivas bajo los escombros de las políticas de la ciudad, entre dos eriales industriales, entre dos tiendas cerradas, entre dos granjas abandonadas, entre dos oleadas de inmigración. 

Un país sumido en lo que Louis Chauvel, uno de los pocos investigadores que, junto con Christophe Guilluy, ha visto venir el movimiento de los Chalecos Amarillos, ha llamado la "espiral del hundimiento social", el hecho social más importante de los últimos treinta años. Sin embargo, este hundimiento social ha pasado casi desapercibido para el país central, dado que la escena del crimen fue despedida a los márgenes hexagonales: desapareció el pueblo, ocultado por las pantallas de radar mediáticas. Resurgió en otoño, bloqueando peajes y ocupando rotondas, el punto nodal de esta periferia, símbolo de su circularidad: se va dando vueltas alrededor de un perímetro de 30 a 50 km, donde todo cerrado, fábricas, tiendas de comestibles, bares.


"¡Bajad los precios y el desprecio!"


Por una vez, no era la calle la que se manifestaba, sino la carretera. Por una vez, no era la ciudad la que se levantaba, sino el campo. Una especie de democracia participativa 2.0 al aire libre. De las redes sociales a las redes de carreteras. Lo nunca visto. En todas partes, el mismo eslogan, más o menos: "¡Bajad los precios y el desprecio!".

En el apogeo del movimiento, un viento de pánico sopló sobre el Elíseo. Es imposible no pensar en la toma de las Tullerías [por los revolucionarios franceses, N. d. T.] o en la huida a Varennes [del rey mártir Luis XVI, N. d. T.], impresas en el imaginario colectivo, dadas las impactantes imágenes de la pareja presidencial perseguida por las calles de Puy-en-Velay, a principios de diciembre, después del incendio de la prefectura. En aquel momento el motín amenazaba, para muchos, en convertirse en un gran incendio colectivo, y la revuelta en una revolución. Pero el movimiento se fue gradualmente deshaciendo a causa de su naturaleza eruptiva y febril, al mismo tiempo popular y populista.

Hay que decir que la respuesta del Gobierno estuvo a la altura de la ola amarilla. Cada fin de semana, unas 80.000 fuerzas policiales se movilizaban filtrando estaciones de tren y peajes a las puertas de las principales ciudades ahogadas en espesas nubes de gases lacrimógenos, el uso de polémicas LBD, una sobreabundancia de detenciones, desalojos de rotondas en medio de inmensas broncas, e incluso lesiones de guerra, según algunos médicos.

Resultado: entre el último trimestre de 2018 y el primer trimestre de 2019 se produjo una mutación del movimiento. De un año para otro, ya no eran los mismos lugares de protesta, ni los mismos manifestantes, ni las mismas opciones políticas.

Entre el último trimestre de 2018 
el primer trimestre de 2019 se 
produjo una mutación del movimiento. 
La extrema izquierda se metió en
 el corazón de las manifestaciones.

La extrema izquierda se metió en el corazón de las manifestaciones: la misma extrema izquierda que hasta entonces había considerado a los chalecos amarillos como la expresión de un despreciable y retrógrado movimiento de clases medias. El libro de quejas fue capturado y secuestrado. La reivindicación de reconocimiento de la Francia periférica fue sustituida por una solicitud de asistencia que no estaba inicialmente en el orden del día. Incluido el RIC (Referéndum de Iniciativa Ciudadana), que era un objetivo ciertamente central, pero que se convirtió en reivindicación de asamblea ciudadana con las habituales ensoñaciones autogesionarias de la izquierda.

Los Chalecos Amarillos pedían un referéndum sobre cuestiones relacionadas con el poder, incluyendo las relativas a la inseguridad cultural, no cuestiones acerca de la piscina municipal. Incluso plebiscitaban, a diferencia de motines campesinos del Antiguo Régimen, el regreso del Estado, pero un Estado que cumpliera el contrato hobbesiano que nos une a él. Ahora bien, a muchos les parece cada vez más que ya no lo cumple, pues ha dejado de ser protector. Los sacrificios fiscales y las limitaciones legales que exige ya no tienen la contrapartida esperada. Por lo tanto, es la propia naturaleza del pacto político lo que han cuestionado los Chalecos Amarillos. De ahí la crisis, general, masiva, de representación, tanto política y sindical como mediática. Esta crisis de representación es tan fuerte que ha acabado irónicamente con los propios Chalecos Amarillos. ¿Quién los representa? Esta pregunta ha quedado sin respuesta hasta el día de hoy.

El filósofo Alain de Benoist pudo decir al principio del movimiento que los Chalecos Amarillos eran capaces de ejercer su poder destituyente, en espera de ejercer su poder constituyente. Este poder de revocación, centrado en la persona del presidente ("¡Macron, dimisión!"), ha fracasado debido a la propia estructura volátil del movimiento: su horizontalidad, su espontaneísmo, su incapacidad orgánica para estructurarse, sus microrrivalidades intestinas. El "narcisismo de las pequeñas diferencias", por hablar como Freud, triunfó sobre la unanimidad inicial: tan pronto como una cabeza sobresalía era cortada al instante.

Aquí tocamos los límites de la revuelta popular, observables en la larga duración histórica. Lo cierto es que el pueblo no se organiza solo, sino que es organizado. No se instituye por sí solo, sino que es instituido. Siempre hay una vanguardia, revolucionaria o no; una élite, conservadora o no. ¿Qué nos dice la ola populista o el movimiento de los Chalecos Amarillos? Que el pueblo huérfano busca el buen gobierno, el buen pastor.

El pueblo no se organiza solo, 
sino que es organizado. 
No se instituye por sí solo, 
sino que es instituido.

Por supuesto que quiere elegir a su maestro, pero está buscando un maestro, un guía, de forma parecida a las histéricas, según el psicoanalista Lacan, quien agregaba que sólo están buscando un maestro para poder dominarlo. Es de ésto de lo que se trata aquí. Pero manifiestamente los Chalecos Amarillos no lo encontraron en las asambleas ciudadanas.

¿Qué hay hoy con la revuelta? Sigue habiendo casullas amarillas delante de los coches, pero se trata sobre todo de un fenómeno de persistencia visual. Sigue habiendo quienes salen a la calle todos los sábados para mantener encendido un fuego sagrado que flaquea considerablemente, pero el corazón ya no está allí. Post politicum animal triste.

No por ello deja de haber un antes y un después. Las razones de la ira de los Chalecos Amarillos no han desaparecido en el gran debate macroniano. Estas razones son objetivas, estructurales, estratégicas. Auguran la apertura de un nuevo ciclo de revueltas, fuera de los órganos intermediarios, fuera de las fallidas mediaciones políticas tradicionales. El acoso contra los funcionarios electos y las oficinas del LREM [el partido de Macron, N. d. T.] , el malestar campesino contra el CETA (el tratado comercial entre Canadá y la UE), la futura reforma de las pensiones, una economía estructuralmente medio apagada e incapaz de producir riqueza tangible (la terciarización), las nuevas olas de la inmigración: todo indica que las brasas no se han apagado y sólo están esperando encender de nuevo la periferia, siempre que esta última aprenda de sus errores, renueve sus modos de intervención y organización, encuentre finalmente una auténtica vía política.

© Le Figaro

Fuente:  elmanifiesto.com


22 de agosto de 2019

Escrito en 1972



"Creemos que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobrestimación de la tecnología...."




"Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo" 
Juan Domingo Perón
16 de marzo de 1972


Creemos que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobrestimación de la tecnología.

Es necesario revertir de inmediato la dirección de esa marcha, a través de una acción mancomunada internacional. Tal concientización debe originarse en los hombres de ciencia, pero sólo podrá transformarse en la acción necesaria a través de los dirigentes políticos.

El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas. Inventó el automóvil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilización del automóvil que se asienta sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de su vida sedentaria.

Las mal llamadas "sociedades de consumo" son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos, y entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero con toda intención se les asigna corta vida porque la renovación produce utilidades.

No menos grave resulta el hecho de que estos sistemas sociales en los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo.

De este modo el problema de las reacciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales- las de los países de baja tecnología en particular- sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades, pero al mismo tiempo las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados, ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana.

Se debaten en medio de la ansiedad, el tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado. Lo peor, es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse.

Es evidente el agotamiento de los recursos naturales en los países del Tercer Mundo, con las consecuencias que están a la vista y que se hacen sentir principalmente en los sectores más humildes de la población. En verdad, la selección natural ha sido convertida por ello en un sofisma detrás del cual se ocultan una selección social y una selección internacional.

La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por más de una especie.

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así mientras que por un lado llega a la Luna, por otro mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas.

En el curso del último siglo el ser humano ha exterminado cerca de 200 especies de animales terrestres. Ahora ha pasado a liquidar las especies marinas. Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de los océanos, especialmente costeras, ya han sido convertidas en cementerios de peces y crustáceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petróleo involuntariamente derramado.

La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida, aunque muy poco se ha hecho para disimularlo. En cambio, todavía ni siquiera existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro del agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura.

Al mismo tiempo, la presión provocada por el cultivo irracional o por la supresión de la vegetación natural se ha convertido en un problema mundial y se pretende reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo.

Para preservar el ambiente y vivir en armonía con la naturaleza, no hay necesidad de abandonar los avances tecnológicos.

Por otra parte, a pesar de la llamada revolución verde, el Tercer Mundo todavía no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume, y para llegar a su autoabastecimiento necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar. Para colmo, el desarrollo de la producción de alimentos sustitutivos está frenado por la insuficiencia financiera y las dificultades técnicas.

A este sinnúmero de problemas creados artificialmente se suman la irracional carrera armamentista y el crecimiento explosivo de la humanidad que sin duda necesita de una política demográfica.

Qué Hacer:

Si se observan en su conjunto los problemas que se plantean, comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisión humana, como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana. Esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de respuestas.

Para poner freno e invertir esta marcha hacia el desastre es menester aceptar algunas premisas:

Son necesarias y urgentes: una revolución mental en los hombres, especialmente en los dirigentes de los países más altamente industrializados; una modificación de las estructuras sociales y productivas en todo el mundo, en particular en los países de alta tecnología donde rige la economía de mercado, y el surgimiento de una convivencia biológica dentro de la humanidad y entre la humanidad y el resto de la naturaleza.

Esa revolución mental implica comprender que el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de un adecuado ciclo biológico general, que la tecnología es una arma de doble filo, que el llamado progreso debe tener un límite y que incluso habrá que renunciar a algunas de la comodidades que nos ha brindado la civilización, que la naturaleza debe ser restaurada en todo lo posible, que los recursos naturales resultan agotables y por lo tanto deben ser cuidados y racionalmente utilizados por el hombre.

Cada nación tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales. Pero al mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y utilización racional de los mismos.

La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo implica que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad alguna, y que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema, no sólo para beneficio directo de los hombres sino para aumentar la producción de alimentos y bienes necesarios.

La lucha contra la contaminación del ambiente y la biosfera, el despilfarro de los recursos naturales, el ruido y el hacinamiento de las ciudades y el crecimiento explosivo de la población del planeta debe iniciarse ya a nivel municipal, nacional e internacional.

Todos estos problemas están ligados de manera indisoluble con el de la justicia social, el de la soberanía política, la independencia económica del Tercer Mundo y la distensión y la cooperación internacionales. Muchos de ellos deberán ser encarados por encima de las diferencias ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los Estados dentro de la comunidad internacional.

No debe olvidarse que el problema básico de la mayor parte de los países del Tercer Mundo es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular en la conducción de los asuntos públicos".

Fuente: barilocheopina