9 de diciembre de 2018

Chalecos amarillos ¿fascistas?

Asustando a la gilada

...La mitad de las reclamaciones de los Chalecos Amarillos corresponden al programa del Frente Nacional de Le Pen y un tercio al de la Francia Insumisa de Malenchon...






EL PARÍS DE LOS CHALECOS AMARILLOS
José Javier Esparza
09 diciembre, 2018

Lo que está pasando en Francia no se puede decir


París. Una crónica a pie de calle 

Lo que está pasando en Francia no se puede decir. Porque, si lo dices, todo el establishment se te echa encima y te llama fascistaComo no se puede decir, se silencia. Pero el silencio no hace que el problema desaparezca, al revés: lo mete bajo tierra y lo hace engordar hasta que estalla, y de manera imprevisible. Entonces todo el mundo lo ve, pero nadie sabe ya su nombre. Y como ya nadie sabe su nombre, tampoco se puede decir. Solo queda el escombro de las calles rotas y el negro de los incendios, y también la cólera que volverá a despertar.

Macron y la gasolina

Empecemos por el principio. A comienzos de 2018, el presidente Macron evalúa los aprietos financieros del Estado y decide subir aún más el precio de los carburantes en las gasolineras: es una medida que le reportará una gran cantidad de ingresos netos, vía impuestos indirectos, y que podrá maquillar perfectamente en nombre de la lucha contra el cambio climático. Macron, sí: el mismo que había suprimido el impuesto sobre las grandes fortunas nada más llegar al poder. Pero el pasado mes de mayo, una vendedora de cosméticos, Priscilla Ludovsky, lanza en las redes sociales una petición para que baje el precio de los carburantes: si se trata de luchar contra las emisiones contaminantes -se pregunta Patricia-, ¿por que se sube el precio sólo para los automovilistas, y no para los combustibles del transporte aéreo y marítimo? En realidad estamos ante una subida camuflada de impuestos. Y eso en un país donde los ingresos por impuestos ya representan un 18,7% del PIB (en España es el 9%) y cuyos ciudadanos soportan el mayor esfuerzo fiscal de la Unión Europea: cada francés destina una media del 57,41% de sus ingresos a pagar impuestos (en España, la cifra, altísima, está algo por debajo del 50%). ¿Para quién gobierna Macron? ¿Por qué elimina el impuesto a los ricos y, por el contrario, sube los impuestos a la depauperada clase media?

Y ahora viene la pregunta más incómoda: ¿Dónde van a parar esos impuestos? Porque la percepción general es que el dinero de los impuestos se pierde en unos servicios sociales colapsados, mal gestionados y precarios, a todo lo cual no es ajena la llegada de cientos de miles de inmigrantes ilegales en los últimos dos años. Datos de este verano: sólo en el área de Sena-Saint Denis, al noreste de París, la cifra de inmigrantes clandestinos alcanza el número de… ¡400.000 personas! En esa región de la connurbación parisina hay un 28% de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza. Pero, ¡cuidado!, ya hemos tocado dos líneas rojas: una, la de las políticas “climáticas”; otra, la de la inmigración.

La Francia de a pie… en coche

Porque esto tampoco se puede decir, por supuesto. Y sin embargo, existe. El jueves, recién llegado a París, me dio por caminar desde Denfert-Rocherau, donde te deja el autobús del aeropuerto de Orly, hasta el municipio de Le Kremlin-Bicetre, a las afueras de la capital. Ocho kilómetros de aglomeración urbana, a pie enjuto, donde el cartel más habitual es “Carnicería Halal”, para el consumidor musulmán. La perdida de poder adquisitivo se puede cuantificar; la pérdida de identidad, no, pero no por ello deja de ser dolorosa. Lo acaba de recordar Robert Menard, alcalde de Beziers, fundador en su día de Reporteros sin Fronteras y, hoy, una de las figuras más destacadas de la “derecha transversal” francesa.


... Sólo en el área de Sena-Saint Denis la cifra de inmigrantes clandestinos alcanza el número de… ¡400.000 personas! ...


Esta pérdida de identidad no es sólo étnica: es, también y sobre todo, política. Por decirlo en dos palabras, cada vez menos franceses se reconocen en el modelo político vigente. Crece la sensación de que la República se ha convertido en el cortijo de una casta político-económico-mediática que vive cada vez más alejada del ciudadano común. Este es un proceso de fondo que viene de tiempo atrás, que se ha traducido en el crecimiento exponencial del Frente Nacional y en la aparición, en el ala izquierda, de la Francia Insumisa, pero que en realidad se mueve por debajo de los partidos y de las convocatorias electorales. Donde más visible se hace este proceso es seguramente en las provincias, fuera de París: allí es donde más se palpa la impresión de haber sido dejados de la mano de Dios, y allí es donde más ha arraigado el fenómeno de los Chalecos Amarillos.

Sigamos: el 18 de octubre, una ciudadana desconocida, Jacline Mouraud, lanza en facebook un video que hace furor donde denuncia la política de “caza al automovilista” del Gobierno francés: subida de la gasolina, persecución de los coches diesel, aumento de todas las tasas, proliferación hasta el infinito de radares sancionadores, peajes para entrar en las ciudades… ¿Qué ha hecho el conductor francés para merecer esto? Y sobre todo, ¿qué quiere hacer Macron con todo ese dinero? ¿Una piscina en el Eliseo?, se pregunta madame Mouraud. En otras condiciones, el vídeo de esta mujer no habría pasado de ser una talentosa interpelación de una ciudadana cualquiera a un Gobierno depredador, pero, en el ambiente social que se vive hoy en Francia, fue la chispa que encendió el fuego. Millones de franceses se vieron reconocidos en la protesta. El 17 de noviembre se produjo la primera manifestación masiva: gentes del común, lo mismo franceses de cepa que hijos de inmigrantes, de izquierdas o de derechas, todos unidos por la exasperación de una clase media que ya no puede más. Sin partidos, sin sindicatos. Como símbolo, un chaleco amarillo como el que todos tenemos en nuestro coche (en francés, gilet jaune), esa prenda cuyo único mensaje es “Yo conduzco”. Y desde entonces, cuatro fines de semana consecutivos de protestas que no han dejado de crecer en intensidad y extensión, y que este sábado han traspasado incluso las fronteras de Francia.

Cuatro fines de semana, sí. Y los que vendrán, porque esto se ha ido ya de madre. La principal responsabilidad fue de Macron, porque el presidente, subido en una nube de soberbia cada vez más densa, optó por desdeñar las protestas de los Gilets Jaunes. Haciéndole coro, todos los grandes medios de comunicación y la mayoría de la clase política entraron en el discurso oficial: “las medidas fiscales son necesarias (por el cambio climático, ya se sabe) y las protestas obedecen a oscuras motivaciones”, venían a decir. La peor de las respuestas posibles a un problema que va mucho más allá de la gasolina y que arraiga bien hondo en la conciencia política de los franceses. La semana pasada, las encuestas decían que cerca del 80% de la ciudadanía veía con simpatía el movimiento de los Chalecos Amarillos. Sólo entonces el Gobierno rectificó proponiendo una moratoria en los nuevos impuestos. Pero era demasiado tarde. Como por justicia poética, mientras los Chalecos Amarillos convocaban su nueva movilización, Macron anunciaba un viaje a Marrakech para firmar el pacto de la ONU sobre migraciones. Una vez más se hacía visible qué preocupa a cada cual, la inmensa fosa que separa a la clase dominante y a los ciudadanos. Y Macron, también una vez más, acabó rectificando y canceló su viaje. Y también aquí era ya demasiado tarde.

La “extrema derecha”

El movimiento de los Gilets Jaunes es una protesta social transversal, sin patrocinios políticos ni sindicales. Ningún partido del sistema puede apadrinar una protesta que no tiene nada que ver con los discursos habituales del feminismo, el cambio climático, la integración de los “refugiados”, etc. El Frente Nacional de Marine Le Pen le ha expresado su simpatía, pero a distancia, y la Francia Insumisa de Melenchon, después de un intento de acercamiento, ha optado por retirarse porque su líder salió descalabrado. Como no hay posibilidad de “recuperar” al movimiento para el mundo político oficial, ni siquiera en sus márgenes, la mayoría mediática, que tiene horror al vacío, opta por recurrir a la etiqueta maldita: son “extrema derecha”. Y no, no es verdad.

“Nadie sabe quiénes son los Chalecos Amarillos ni cómo se están organizando. En realidad los Chalecos Amarillos somos todos”, dice Martial Bild, director de la cadena de televisión independiente TV Libertés. Lo sabían nuestros clásicos: “¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, señor”. Por cierto que el panorama de la libertad de expresión en Francia está seriamente erosionado (un estudio reciente señalaba a Francia como el país occidental con menos libertad de expresión) y TV Libertés ha tenido que recurrir a Internet para poder emitir. También esto forma parte del paisaje de crisis que vive el país, de ese creciente divorcio entre los ciudadanos y la clase dominante, clase a la que pertenecen la mayoría de los medios de comunicación.


"...También todos vimos el sorprendente empeño de la mayoría de los medios por presentar como “extrema derecha” a los grupos de antisistemas que enarbolaban banderas anarquistas..."


Después de la manifestación anterior, la del 1 de diciembre, el fenómeno explotó. La violencia se desató en las calles. Todos vimos las imágenes. También todos vimos el sorprendente empeño de la mayoría de los medios por presentar como “extrema derecha” a los grupos de antisistema que enarbolaban banderas anarquistas. En la televisión, la casta dominante político-mediática cargaba unánimemente contra los Gilets Jaunes, desde el filósofo millonario Bernard-Henry Levi hasta el ex revolucionario Daniel Cohn-Bendit, el célebre “Dani el Rojo” de Mayo del 68. “Soy alérgico al color amarillo, y no es difícil saber por qué”, clamaba Daniel en una cadena de radio. “¡Por la estrella amarilla de los judíos perseguidos por los nazis!”, respondía, aplicado, el conductor del programa. “Exactamente”, ratificaba el ex revolucionario, triunfal. Y bien, he aquí lanzado ya el anatema: Chaleco amarillo = Fascismo. ¿Y hay algo de fascista en los GJ? Sí, claro: los contestatarios se oponen a las sabias y humanitarias decisiones de un poder que sólo vela por nuestro bien, y eso es fascismo, es decir, ese fascismo genérico en el que entran hoy todos los que disienten del dogma oficial.

La nota dominante de esta última semana, hasta ayer mismo, ha sido el intento del Gobierno francés y de la mayoría mediática, valga la redundancia, por atribuir a la “extrema derecha” la violencia de las manifestaciones. En el ejercicio, la prensa ha llegado a límites de ridículo verdaderamente bochornosos, como considerar “fascista” la Cruz de Lorena, que fue el símbolo elegido por el general De Gaulle para llamar a la resistencia en 1941 y que algunos manifestantes exhiben estos días en sus banderas tricolor (y que, por cierto, incluso Macron ha añadido ahora a su blasón presidencial), o alertar de la presencia de grupos monárquicos al ver una bandera con la flor de lis, ignorando que era la bandera regional de la Picardía, que lleva, en efecto, la flor de lis. Son sólo dos ejemplos de adónde estamos llegando.

La violencia

“Chalecos Amarillos somos todos los ciudadanos, creo yo”, me dice también madame Aude Dugast, una típica universitaria parisina que llega a nuestro encuentro cerca de Notre Dame a bordo de su bicicleta. “El problema son los casseurs -me matiza-, y esos no son Chalecos Amarillos”. ¿Los “casseurs”? Bien, expliquemos someramente la cuestión. Desde hace muchos años, Francia en general y París muy en particular viven episódicas oleadas de violencia urbana. En el origen de esa violencia hay dos “tribus”, valga el término, muy bien caracterizadas. Una es lo que aquí llaman la “racaille”, o sea la chusma, que generalmente coincide con la población marginada de los barrios de la periferia de París, casi unánimemente inmigrada en los últimos quince años, y que ha creado en sus dominios auténticas “no go zones” donde la policía ni va. Cuando hay bronca, la racaille emerge con enorme violencia y se dedica al saqueo y al pillaje, generalmente ondeando banderas de sus países (Argelia, Mali, etc.). Además de la “racaille” están los “casseurs”, y estos son otra historia: son los black bloc, los grupos anarquistas antisistema, y por regla general no vienen de barrios marginales, sino que son los hijos descontentos de la buena sociedad. “Casser” quiere decir romper, interrumpir, cortar, y eso es exactamente lo que hacen. Así que cuando hay trastornos del orden, como ha ocurrido en las manifestaciones de los Chalecos Amarillos, llegan los casseurs y aprovechan la circunstancia para multiplicar la violencia, y enseguida aparece la racaille que saca partido del caos y arrasa con lo que puede, y es prácticamente imposible retomar el control.

El pasado fin de semana hubo más de setenta detenciones. Se detuvo a esos Chalecos Amarillos por llevar sprays de pintura -algo sorprendente en una ciudad llena de pintadas- y petardos. Sólo uno tenía antecedentes; todos los demás eran ciudadanos comunes. Sobre todos han recaído penas de cárcel. Curiosamente, no se detuvo a ninguno de los que realmente causaron las violencias que todos vimos en la tele. ¿Cómo no va a crecer la exasperación?

Como el Gobierno no puede decir que los responsables de la violencia son jóvenes marginados de los barrios inmigrantes, porque sería muy políticamente incorrecto, la casta dominante se ha inventado un eufemismo significativo: francilien, o sea, “franciliano”. Francilien es un neologismo introducido hace muy pocos años para designar a los residentes en Ile de France, la gran región urbana de París, con más de doce millones de habitantes, y donde se acumula la mayor parte de la inmigración del país. Y así, por obra y gracia del eufemismo, que tiene estas cosas, ahora ya sabremos de quién se trata cuando el Gobierno diga “franciliano”: no de un habitante cualquiera de la Ile de France, sino de un inmigrante.

Hay Chalecos Amarillos para rato

La llegada de los casseurs y de la racaille eran el gran temor de todo París el viernes, hasta niveles de psicosis social realmente notables. Ejemplo de campo: en casa de unos amigos, en el París rico, llega una niña muy asustada porque en el colegio le han dicho que los Chalecos Amarillos han robado fusiles y van a asaltar las casas. En realidad, se trataba simplemente de un asalto rutinario a una armería que no tenía nada que ver con los Gilets Jaunes. Pero este bulo, como otros muchos, corrió hasta el punto de que miles de vecinos de los barrios del centro (Arco del Triunfo, Ile de la Cité, Bastilla, etc.) cogieron sus bártulos el sábado bien temprano y abandonaron la ciudad.

Cenando esa noche en el Grand Colbert, uno de los mejores clásicos de la gran cocina francesa, muy cerca del Louvre, miraba uno alrededor y veía a la Francia que no lleva chaleco amarillo, la que apenas se siente concernida por la crisis, sin la exasperación de esa otra gente, la de a pie, que va a seguir pagando impuestos salvajes para que Macron combata el cambio climático mientras su gobierno firma el pacto de la ONU para las migraciones, cosa que tiene mucho mérito para un país y para un París donde ya no cabe nadie más. Hace apenas cinco años, muchas de esas familias de clase media podían permitirse cenar en el Grand Colbert una vez cada tres meses, por ejemplo. Hoy ya nadie puede permitirse esas alegrías.

Esta mañana, sábado 8 de diciembre, París parecía desierto. Furgones policiales por todas partes, tanquetas, comercios cerrados, 8.000 policías patrullando la ciudad. Poco a poco, sin embargo, la gente empezó a abrir sus tiendas fuera de las zonas de riesgo. Numerosos comercios habían colgado chalecos amarillos en los escaparates. También había chalecos bien visibles, exhibidos en el salpicadero, en muchos de los coches que circulaban por la ciudad. Porque los Chalecos Amarillos son estos, no la racaille ni los casseurs. Macron ha retrocedido en su subida de la gasolina, pero los Gilets Jaunes piden más: quieren que baje el brutal esfuerzo fiscal ciudadano, que se reintroduzca el impuesto sobre las grandes fortunas, que se mejoren las pensiones… Le Monde ha examinado el conjunto de las reclamaciones de los Chalecos Amarilos y ha concluido que la mitad corresponden al programa del Frente Nacional y un tercio al de la Francia Insumisa. La izquierda ya ha anunciado que presentará en breve una moción contra Macron. Nadie le arrienda la ganancia, porque lo que está bullendo en la calle no se va a calmar ni siquiera con eso.

Cocotte minute: esa es la expresión que se usa en francés para decir “olla a presión”, y ese es exactamente el retrato perfecto de la sociedad francesa en este momento. Un enorme malestar se acumula sin que la clase política sepa entenderla y sin que la clase mediática sepa explicarla. Hay quien evoca una atmósfera semejante a la revolución de 1848. El veterano Xavier Rauffer va más lejos: “A lo que más se parece esto es a Rusia en febrero de 1917”, dice. Fue la revolución que derrocó al zar.


29 de noviembre de 2018

Bakunin la tenía clara


M.Bakunin.  1814-1876
Mijaíl Bakunin es posiblemente el más conocido de la primera generación de filósofos anarquistas y está considerado uno de los padres de este pensamiento.

Estuvo, junto con Marx y Engels, en la fundación de la Primera Internacional de los Trabajadores. 

Las grandes tensiones, fruto de las diferencias programáticas existentes entre Marx y los partidarios del socialismo científico, y Bakunin y los partidarios del anarquismo colectivista, llevaron a la escisión entre ambos sectores: marxistas y bakuninistas.

En 1872 Bakunin fue espulsado en dicha asociacíon en un Congreso "secreto" de la internacional manipulado por Marx. 

En su “Carta a los internacionales de Bolonia” de diciembre de 1871 (Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam) había expuesto a Marx como lo que realmente era, un representante oculto de los intereses judeo-mesiánico-racistas:



“…Como los judíos son en todos los lugares, agentes de comercio, académicos, políticos, periodistas, en una palabra correctores de literatura, a la vez que intermediarios de las finanzas, ellos se apoderan de toda la prensa de Alemania comenzando por los periódicos de los monárquicos mas absolutistas hasta de los periódicos absolutistas radicales y los socialistas, y desde hace mucho tiempo reinan en el mundo del dinero y de las grandes especulaciones financieras y comerciales: de esa forma, teniendo un pie en el banco, acaban de colocar en estos últimos años el otro pie en el socialismo, así apoyando su posterior en la literatura cotidiana de Alemania… Usted puede imaginarse que literatura nauseabunda debe salir de esto”.

“Bien, todo este mundo judío que forma una única secta explotadora, una especie de sanguijuela de la gente, un parásito colectivo devorador y organizado, no solo a través de las fronteras de los estados, sino a través mismo de todas las diferencias de opiniones políticas, este mundo esta actualmente, en gran parte por lo menos, a disposición de Marx por un lado y de los Rothschild por el otro. Yo sé que los Rothschild, como reaccionarios que son y que deben ser, aprecian mucho los méritos del comunista Marx y, a su vez, el comunista Marx se siente inevitablemente arrastrado, por una atracción instintiva y una admiración respetuosa, en la dirección del genio financiero de los Rothschild. La solidaridad judía, esta solidaridad tan fuerte que se mantuvo a lo largo de toda la historia, los une”.

“Esto debe parecerse extraño. ¿qué pueden tener en común el socialismo y el gran banco? Es que el socialismo autoritario o comunismo de Marx busca una fuerte centralización del Estado, y allí, donde exista la centralización del Estado, debe haber necesariamente un Banco Central del Estado, y allí, donde existe tal Banco, los judíos siempre estarán seguros de no morir de frío o de hambre” 



Compilación en portugués “Bakunin por Bakunin”: coletivo sabotagem; http://sabotagem.revolt.org/node/26.


22 de noviembre de 2018

Israel y sus dos guerras


La marea está cambiando: Israel está perdiendo en dos frentes de guerra

Ramzy Baroud *
Middle East Monitor

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández




La calamitosa operación militar israelí contra la Franja de Gaza del pasado 12 de noviembre define el fracaso de Tel Aviv al utilizar a su ejército como herramienta para conseguir concesiones políticas de los palestinos.

Ahora que la resistencia popular palestina se ha globalizado a través del progreso exponencial y del éxito creciente del movimiento a favor del Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), el gobierno israelí está combatiendo en dos guerras desesperadas.

Tras el ataque contra Gaza, los palestinos respondieron con una lluvia de cohetes dirigidos hacia la frontera sur israelí y lanzaron una operación de precisión contra un autobús del ejército israelí. Mientras los palestinos organizaban una marcha para celebrar que el ejército israelí había salido de su asediado enclave, el frágil orden político en Israel, manejado desde hace mucho tiempo por el derechista primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, se estaba desmoronando rápidamente.

Dos días después del ataque contra Gaza, el ministro de Defensa, Avigdor Lieberman, renunció a su puesto en protesta por la “rendición” de Netanyahu ante la resistencia palestina. Los dirigentes israelíes están inmersos en una situación precaria. La violencia desenfrenada tiene un precio de condena internacional y una respuesta palestina cada vez más audaz y estratégica. Sin embargo, no enseñarle a Gaza su proverbial “lección” es considerado como un acto de rendición por parte de los oportunistas políticos israelíes.

Mientras Israel experimenta esas limitaciones en el campo de batalla tradicional, que anteriormente dominaba por completo, su guerra contra el movimiento BDS global es seguramente una batalla perdida. Israel tiene un historial pobre la hora de enfrentar la movilización de la sociedad civil. A pesar de la vulnerabilidad de los palestinos que viven bajo la ocupación israelí, el gobierno y los militares israelíes tardaron siete largos años en pacificar la Intifada, el levantamiento popular de 1987. Y aún así, el jurado sigue aun deliberando qué fue lo que realmente terminó con la revuelta popular.

Debería aceptarse, desde luego, que una Intifada global es mucho más difícil de erradicar o incluso contener. Sin embargo, cuando Israel empezó a sentir el creciente peligro del BDS -lanzado oficialmente por la sociedad civil palestina en 2005-, respondió con la misma pauta superflua y previsible: arrestos, violencia y un torrente de leyes que penalizan la disidencia dentro del país, a la vez que desataba una campaña internacional de intimidación y difamación respecto a los activistas y organizaciones del boicot.


El constante ataque israelí contra Gaza – Viñeta de Sabaaneh/MiddleEastMonitor

Este enfoque consiguió escasos frutos , aparte de atraer más atención y solidaridad internacional hacia el BDS. Sin embargo, la guerra de Israel contra el movimiento dio un giro importante el año pasado cuando el gobierno de Netanyahu dedicó unos 72 millones de dólares a derrotar la campaña dirigida por la sociedad civil.

Al utilizar al siempre bien dispuesto gobierno estadounidense para impulsar sus tácticas contra el BDS, Tel Aviv siente la seguridad de que sus esfuerzos contra el movimiento en EE.UU. han tenido un comienzo prometedor. Sin embargo, solo ha sido recientemente cuando Israel ha comenzado a formular un componente europeo más amplio en su estrategia global.

En una conferencia de dos días de duración celebrada en Bruselas a principios de este mes, los funcionarios israelíes y sus partidarios europeos desplegaron su campaña europea más amplia contra el BDS. Organizada por la Asociación Judía Europea (EJA, por sus siglas en inglés ) y el grupo de Asuntos Públicos de Israel y Europa (EIPA, por sus siglas en inglés ), la conferencia contó con el apoyo total del gobierno de Israel y con la presencia del derechista ministro israelí de Asuntos de Jerusalén Ze’ev Elkin.

Bajo el pretexto habitual de abordar el peligro del antisemitismo en Europa, los asistentes mezclaron deliberadamente racismo y cualquier crítica a Israel, su ocupación militar y la colonización de la tierra palestina. La conferencia a nual de la EJA ha intensificado la manipulación por parte de Israel del término “antisemitismo” hasta un nivel completamente nuevo, redactando un texto que al parecer se presentará ante los posibles Miembros del Parlamento Europeo (MPE), a quienes exigirá su firma antes de que se presenten a las elecciones del próximo mes de mayo. Quienes no se muestren dispuestos a firmar -o, peor aún, aquellos que repudien la iniciativa israelí-, es muy probable que tengan que enfrentarse a acusaciones de racismo o antisemitismo.

Ciertamente, no era la primera conferencia de este tipo. La euforia anti-BDS que ha barrido Israel en los últimos años ha cosechado varias conferencias concurridas y apasionadas en hoteles de lujo, donde los funcionarios israelíes amenazaron abiertamente a activistas del BDS, como Omar Barghouti. Un alto funcionario israelí sentenció a Barghouti a un “asesinato civil” por su papel en la organización del movimiento durante una conferencia celebrada en Jerusalén en 2016.

En marzo de 2017, la Knesset israelí aprobó la prohibición de viajar anti-BDS, que exige que el ministro del Interior le niegue la entrada al país a cualquier extranjero que “haya emitido a sabiendas un llamamiento público a boicotear al Estado de Israel”. Desde que entró en vigencia la prohibición, muchos partidarios del BDS han sido detenidos, deportados y se les ha prohibido entrar en el país.

Aunque Israel ha demostrado su capacidad para impulsar a los egocéntricos políticos estadounidenses y europeos a apoyar su causa, no hay indicios de que el movimiento del BDS esté siendo sofocado o debilitado en manera alguna.

Por el contrario, la estrategia de Israel ha provocado la ira de muchos activistas de la sociedad civil y de los grupos por los derechos civiles, indignados por su intento de subvertir la libertad de expresión en los países occidentales.

Recientemente, la Universidad de Leeds en el Reino Unido se ha unido a muchos otros campus en todo el mundo para desinvertir de Israel. La marea está, de hecho, cambiando.

Las décadas de adoctrinamiento sionista han sido un fracaso, no solo a la hora de revertir la opinión pública, enormemente cambiante, sobre la lucha palestina por la libertad y los derechos, sino incluso en la preservación del sentimiento una vez sólido a favor de Israel entre los jóvenes judíos, especialmente en Estados Unidos. Sin embargo, para los partidarios del BDS, cada estrategia israelí ofrece una oportunidad para crear conciencia sobre los derechos de los palestinos y para movilizar a la sociedad civil en todo el mundo contra la ocupación y el racismo de Israel.

El éxito de BDS se atribuye a la razón misma por la cual Israel no puede contrarrestar sus esfuerzos: es un modelo disciplinado de resistencia popular civil basad o en el compromiso, el debate abierto y las opciones democráticas, fundamentado a su vez en el derecho internacional y humanitario.

Las “arcas de la guerra” acabarán agotándose , al igual que ninguna suma de dinero pudo salvar al régimen racista del apartheid en Sudáfrica cuando se derrumbó hace décadas. No hace falta decir que 72 millones de dólares no van a cambiar el rumbo a favor del a partheid de Israel, ni tampoco el curso de la historia, que solo puede pertenecer a aquellas personas que son imparables cuando se trata de lograr su codiciada libertad.

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* Ramzy Baroud es periodista, escritor y director de The Palestine Chronicle. 

Su último libro es The Last Earth: A Palestinian Story  (Pluto Press, Londres, 2018). Baroud es doctor en Estudios Palestinos por la Universidad de Exeter y profesor no residente del Orfalea Center for Global and 
International Studies, Universidad de Santa Barbara, California. 
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https://www.middleeastmonitor.com/20181119-the-tide-is-turning-israel-is-losing-on-two-war-fronts/

Fuente:    Rebelión

2 de noviembre de 2018

ESI es el principio


el Caballo de Troya de la Ideología de Género en la Argentina. 




En la última década han aumentado en un 4.000% los tratamientos transgénero de menores en el Reino Unido.

"Una vez conocido el dato y escandalizados por ello debemos buscar la causa. Yo le diría a la ministra que no busque demasiado lejos, que ella (y sus predecesoras en el cargo) es en parte la causante de esta aberración.

El ministerio que dirige Penny Mordaunt es el responsable de los programas escolares de adoctrinamiento en centros escolares..."

1.806 niñas británicas hormonadas para convertirlas en "niños" 

10 de octubre de 2018
JAVIER BORREGO


Penny Mordaunt, responsable del Ministerio de la Mujer y la Igualdad del Reino Unido, ministerio totalmente alineado con las políticas de género internacionales, propuso el pasado 15 de septiembre estudiar las causas del disparatado incremento de los tratamientos transgénero en menores del Reino Unido.

Este incremento es, con datos de la propia ministra, de un 4.000% (cuatro mil por cien) en la última década, y se hacen eco del mismo diarios como The Times o The Telegraph. Coinciden ambos en que en el último año 1.806 niñas han sido sometidas a estos tratamientos en el sistema sanitario de Gran Bretaña.

Son datos ciertos, proporcionados por el propio Ministerio británico, lo que provoca conmoción en cualquier lector, con independencia de la ideología y más entre los que nos dedicamos a la enseñanza o somos padres, porque no cabe duda de que lo que está pasando con los niños ingleses les pasará en muy corto periodo de tiempo a todos los europeos.

Son varias las razones por las que nadie puede permanecer indiferente ante el hecho de que estos tratamientos se estén produciendo en un número cada vez mayor y en edades cada vez más tempranas.

Primero: porque afecta a menores que deberían pensar en cualquier cosa menos en el sexo.

Segundo: porque los tratamientos son irreversibles y se trata de la única cosa que se les permite hacer a los menores sin el consentimiento paterno y que además tiene consecuencias fisiológicas y psicológicas para toda la vida.

Tercero: porque semejante incremento no puede sino ser causado por algo distinto a la “necesidad” de tales operaciones por cuestiones intrínsecas al menor. Es decir: las causan los adultos.

Una vez conocido el dato y escandalizados por ello debemos buscar la causa. Yo le diría a la ministra que no busque demasiado lejos, que ella (y sus predecesoras en el cargo) es en parte la causante de esta aberración.

El ministerio que dirige Penny Mordaunt es el responsable de los programas escolares de adoctrinamiento en centros escolares, el que firmó la «Alianza nacional contra la homofobia, bifobica y transfóbica», que actúa en centros escolares del Reino Unido. Esta ‘Alianza’ se firmó entre el Estado y una docena de asociaciones LGTB para inculcar a los niños la idea de que cualquier práctica, orientación o deseo sexual es igualmente válido, que existen niños que son niñas, niñas que son niños e individuos que no son ni una cosa ni la otra, etc. Estos programas, que se introducen en las escuelas –en teoría– para evitar el rechazo que sufren en la adolescencia los jóvenes homosexuales, enseñan a utilizar el propio cuerpo y el ajeno como fuente de placer, a identificar posibles sentimientos homosexuales y a aceptarlos como normales.

Independientemente del logro de su objetivo (personalmente creo que tampoco lo cumplen) está claro que estos programas lo único que pueden generar es confusión y desorientación en los niños y adolescentes, puesto que por definición tanto unos como otros no tienen formado el carácter ni tienen claro quiénes son y mucho menos quiénes quieren ser.

En el caso de los menores de once años sabemos que en su horizonte mental el sexo no aparece. Si por accidente aparece en su vida se muestra como un misterio, como cosas de los mayores que no terminan de comprender ni en su dimensión real ni en sus implicaciones. Por otro lado, en el nivel psicológico, los afectos del niño son de naturaleza muy diferente a las personas adultas. El niño vive en el presente donde lo que tiene delante es amado sin implicaciones de ningún tipo. Un niño puede jugar con un desconocido como si fuese su más fiel amigo y no volver a verlo sin echarle de menos ni preguntarse nada de él, o puede enfadarse y desenfadarse en unas horas con un compañero. Pueden tener mejor relación con una muñeca que con una persona real, porque la realidad es distinta para los niños que para los adultos, abarca más. Los niños no tienen el tipo de relación direccional de los adultos, por lo que no tienen orientación de ningún tipo, y menos orientación sexual.

En cuanto a la diferenciación sexual es algo que tampoco forma parte del universo del niño. Si bien son capaces de distinguir sexos a muy temprana edad (la identificación del sexo es un universal antropológico), no le dan el valor que los adultos le damos, no tratan a uno y otro sexo de manera diferente. Es del todo imposible que un niño o una niña manifiesten espontáneamente su incomodidad con el sexo propio (“asignado”, en la jerga de la ideología de género) o su preferencia por personas de su mismo sexo.

Solo si los adultos se empeñan en que los niños busquen afectos direccionales (la pregunta por el novio o la novia en educación infantil), con la que muchos padres acosan constantemente a sus hijos, los niños se pueden plantear esa cuestión como una realidad posible, y si además se les pregunta si están más a gusto con los de su propio sexo o si sienten por algún compañero atracción, los niños en su imaginación pueden crearse una idea equivocada de lo que son las relaciones con sus compañeros. En estos programas, por ejemplo, se les pregunta a los niños si tienen novio y a las niñas si tienen novia.

Plantear en un niño un conflicto como este, ponerles a jugar a que los niños sean niñas. y las niñas, niños, para “ver cómo se sienten”, puede excitar la imaginación infantil, que, como dijimos, tiene trastocado el criterio de realidad, creando a veces la ilusión de ser lo que no se es, y esta imaginación es más potente en el caso de las niñas.

La confusión en la infancia llevará inexorablemente a una confusión mayor en la pubertad, puesto que, en este periodo, como veremos, el conflicto es parte de la vida.

No es de extrañar que aquellas niñas que fueron adoctrinados por estas asociaciones LGTB hace diez años pidan ahora de forma numerosa el cambio de sexo o practiquen la homosexualidad o la bisexualidad de manera momentánea, hasta lograr encontrar su sitio en la vida, es decir, llegar a la edad adulta.

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En cuanto a los adolescentes, el discurso adoctrinador en los colegios puede causar también un daño irreparable. Pensemos que la adolescencia es una etapa de crisis, donde todo lo aprendido en cuestiones de moral y política se pone en entredicho y donde el joven busca una afirmación en muchos casos contra la sociedad o el estilo de vida de los padres.

En la adolescencia el joven no encuentra su lugar y camina, como un náufrago, en busca de su lugar en la vida: busca afiliaciones (políticas, musicales, artísticas, religiosas), busca su afirmación y quiere ser tratado como adulto, pero tiene constantes recaídas a la infancia. No hay nada sólido en la vida del adolescente y este periodo se caracteriza por la búsqueda constante de su ser. El adolescente se ha iniciado ya en el amor direccional, ya le gusta alguien, aunque ese alguien cambie constantemente. Aún no ha llegado al amor pleno, sino que está en el mundo de los amores. La vida del adolescente puede ser pensada como los fuegos artificiales: mucha intensidad, pero poca pólvora, de tal manera que constantemente salta y vuelve a su ser.

La relación con las personas del otro sexo no es del todo equilibrada. Se da una relación de amor y odio a la vez; por una parte, las tendencias naturales les llevan a la unidad, pero la psicología, con sus dos tiempos madurativos entre hombres y mujeres, les lleva al rechazo, sobre todo entre las chicas. El adolescente se siente doblemente incomprendido: primero por sus padres y después por los representantes del sexo contrario, pero con las personas de su misma edad y sexo se siente plenamente a gusto.

Siendo así las cosas, no es el mejor momento para explicarles en el colegio la posibilidad de un amor homosexual, o trabajar la idea de que los sentimientos hacia sus compañeros deban llevar necesariamente a una idea homosexual o transexual.

Estos programas, sin duda, no cumplen objetivo que se proponen, pero traen una serie de problemas muy graves que deberían tenerse en cuenta, aprendiendo la lección del Reino Unido a la hora de exportarlos al resto de los países.

http://javierborrego.blogspot.com/



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24 de septiembre de 2018

El abuelito Soros y la sociedad abierta




"...para alcanzar esta utopía globalista, el abuelito Soros necesita destruir las naciones entendidas al modo clásico, como comunidades políticas fundadas en fuertes vínculos familiares, sostenidas en tradiciones comunes, fortalecidas en una fe compartida. La «sociedad abierta» que preconiza el abuelito Soros es la sociedad de hormiguero liberal, desarraigada y multicultural, en la que todo lazo social y toda aspiración de bien común son reducidos a fosfatina..."


El abuelito Soros

El enemigo de las naciones entendidas al modo clásico no es otro que el liberalismo

Juan Manuel de Prada

Huyendo de las informaciones sensacionalistas sobre George Soros, leo un reportaje encomiástico de Michael Steinberger, publicado en el New York Times. Para completar su ditirambo, el periodista acude a voces tan autorizadas como la del hijo del magnate, Alexander Soros: «Me dijo –escribe Steinberger– que su padre no ha mostrado entusiasmo en hacer publicidad de su judaísmo, porque “era algo por lo que casi lo habían matado”. Pero siempre “se ha identificado como judío” y su filantropía es a la postre una expresión de su identidad judía, pues le hace sentir solidaridad hacia otros grupos minoritarios; y también porque ha advertido que un judío sólo podía hallarse a salvo en un mundo en el que las minorías estuviesen protegidas. Explicando las intenciones de su padre, Alex añadió: “La razón por la que luchas por una sociedad abierta es porque es la única en la que puedes vivir siendo judío, a menos que te conviertas en un nacionalista y sólo luches por tus derechos en tu propio estado”».

A confesión de parte, relevo de pruebas. Pero a nosotros no nos interesa señalar aquí la relación entre las actividades del abuelito Soros y su «identidad judía», sino su condición de adalid –citamos el New York Times– de la «libertad individual, la sociedad abierta y el libre pensamiento», como «devoto discípulo de Karl Popper». El artículo citado menciona en nueve ocasiones, siempre con respeto reverencial, al maestro del abuelito Soros, cuyo concepto de «sociedad abierta» inspira su activismo; y repite hasta dieciséis veces que la causa de Soros no es otra sino el «liberalismo» y los «valores liberales». Y aquí es donde queríamos llegar. Pues no faltan tontos útiles (e infiltrados que los apacientan) que se obstinan en presentar al abuelito Soros como un promotor del llamado «marxismo cultural», una entelequia conspiranoica que lanzó con gran éxito la derecha yanqui, para que el catolicismo pompier y el cretinismo evangélico picasen el anzuelo y abrazasen bobaliconamente las tesis liberales.

Pero lo cierto es que el abuelito Soros es un liberal coherente y fetén, partidario acérrimo del mercado libre y de un mundo sin fronteras. Y para alcanzar esta utopía globalista, el abuelito Soros necesita destruir las naciones entendidas al modo clásico, como comunidades políticas fundadas en fuertes vínculos familiares, sostenidas en tradiciones comunes, fortalecidas en una fe compartida. La «sociedad abierta» que preconiza el abuelito Soros es la sociedad de hormiguero liberal, desarraigada y multicultural, en la que todo lazo social y toda aspiración de bien común son reducidos a fosfatina, mediante la promoción de ideologías que dinamitan la institución familiar (de ahí que patrocine el feminismo y los derechos de bragueta) y el estímulo de los flujos migratorios que dinamitan las tradiciones comunes (de ahí que financie las organizaciones dedicadas al acarreo, que no rescate, de inmigrantes). El abuelito Soros, en fin, anhela una «disociedad» en la que el ser humano deja de ser el «animal político» aristotélico, para convertirse en un insecto social, desarraigado e infecundo, al servicio del mercado. Por supuesto, en este anhelo (como en toda cuestión política) hay un fondo teológico; pero sobre esto no diremos nada, acogiéndonos a la disciplina del arcano.

Basta ya de paparruchas conspiranoicas. Si la izquierda secunda al abuelito Soros  es porque, como profetizó Pasolini, se ha convertido en una fuerza mercenaria y traidora de la causa obrera, un perro caniche al que Soros y otros como él han concedido una prórroga de talonario. Pero el enemigo de las naciones entendidas al modo clásico no es otro que el liberalismo, que es la doctrina promovida por el abuelito Soros.

Fuente:   abc.es
https://www.abc.es/opinion/abci-abuelito-soros-201809241647_noticia.html

11 de agosto de 2018

Ahora todos somos fascistas



Había una vez una izquierda, especialmente el estalinismo, que llamaba a construir frentes populares antifascistas. Era fascista, por lo tanto, todo aquel que se negara a entrar en esas alianzas. 
Luego fueron los "progres" en general, los que acusaban de "fachos" a todos aquellos que no compartieran su "moderna" visión del mundo. Así vemos, por ejemplo en España, que son fachos quienes dicen cosas tan anticuadas como "Los niños tienen pene, las niñas tienen vagina"

A su vez, durante la Guerra fría, todos quienes no se sometieran a los dictados del capitalismo dirigido desde la Casa Blanca, faro rector del "Mundo libre", eran acusados de comunistas.

Pero un dia... se derrumbó el Muro de Berlín, se esfumó la Unión Soviética. La República Popular China se integra perfectamente con el mundo capitalista, a tal punto que la vieja potencia hegemónica le teme más como competencia dentro del capitalismo que por ser "comunista". Con el tiempo, muerto el "cuco" Fidel y pasado a retiro su decrépito hermano, la Revolución Cubana, decrépita también, dejó de ser modelo para la izquierda del Tercer Mundo, que desapareció al desaparecer el segundo. El Che Guevara sobrevive en banderas y remeras, usadas por jóvenes que no tienen la menor idea de sus luchas y huirían espantados si alguien pusiera al Che real como modelo a seguir. 

Resultado, el mote de comunista ya no asusta a nadie. El hipercapitalismo globalista necesita crear un nuevo enemigo. Entonces, será fascista ahora todo lo que de alguna manera se oponga a la globalización.

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EL DISCURSO ANTIFASCISTA: 
La nueva estrategia de la derecha neoliberal en Europa y EEUU


El periodista y escritor británico, Andy Robinson, explica la nueva táctica neoliberal frente al adversario político: llamar a todos nazis y fascistas. La lista es extensa: desde Trump a Putin, pasando por Hugo Chávez, Jeremy Corbyn  y  Sanders. Esta perversa apropiación del discurso antifascista,  fabricada en algún think tank de EEUU, se extiende rápidamente por Occidente.  Robinson retrata el uso que en el Reino Unido, hacen los seguidores del ex primer ministro Tony Blair para atacar a Jeremy Corbin. En el estado español, la derecha -que es heredera del franquismo y además, lo  reivindica- tiene el cinismo de llamar “nazis” y “fascistas” a los líderes independentistas catalanes. Hasta  algunos  dirigentes del PSOE  han sido capaces de semejante infamia. 
Montserrat Mestre03/08/2018



El “antifascismo” de los Clinton y los Blair: una advertencia


No les basta con decir que Hugo Chávez era un populista con tendencias fascistoides. Tienen que dejar caer que Corbyn lo es también: es la nueva estrategia para frenar a la izquierda

ANDY ROBINSON / CTXT

En los años treinta quienes escribían libros sobre cómo organizar la lucha contra el fascismo eran Leon Trotsky o Antonio Gramsci. Qué pena que la élite en Londres, París y Washington en aquellos tiempos –los Madeleine Albright de los años treinta– no les hicieron caso. Pero advertir hoy contra el peligro inminente del nazismo –bien sea atribuido a  Donald Trump, Vladimir Putin o a los populistas de la izquierda– es de rigor para aquellos demócratas clintonistas y nuevos laboristas que, en los años noventa, desregularizaron los mercados financieros, desmantelaron el sistema de protección social y debilitaron a los sindicatos.



Albright ve fascismo por todas partes en su libro Fascismo, una advertencia que Paidós acaba de editar en España:  Donald Trump supuestamente es un precursor del populismo que, tras una recesión o una catástrofe natural, puede convertirse en fascismo. El brexit también. Es más, hay que olvidarse de las etiquetas de derecha e izquierda porque el fascismo se esconde en todas partes. Es lo que pasó en Venezuela. “Hugo Chávez se convirtió, yo diría, en un fascista”, dijo Albright al New York Times. Vladimir Putin se hizo fascista tras “echar un vistazo en el manual totalitario de Stalin”. Trotsky, asesinado por un estalinista pero muy consciente de la diferencia entre el ejército rojo y las SS, se habría desesperado al leer un análisis tan superficial.

Pero Albright, y sus aliados clintonistas, tras tantos años de verse forzados a defender el sistema, están disfrutando. Sienten, por fin, el fuego de indignación moral en sus vientres. Además, esa  pasión antifascista crea nuevas oportunidades políticas en un momento en el que todo parecía perdido para los trianguladores de aquella tercera vía. Tras contemplar el abismo, acaban de ver su salvación en la lucha contra un fascismo mal definido. ¡No pasarán! Por fin, Madeleine Albright puede sentise una luchadora.

¡No pasarán! Por fin, Madeleine Albright puede sentise una luchadora.

En el Reino Unido, el delirante debate político se parece cada vez más al estadounidense, quizás debido a la americanización de la élite londinense (solo hace falta ver medios como The Guardian, y The Daily Mail, que tienen más lectores en EEUU que en su propio país). Pero aquí, el centro neoliberal se lo juega todo. El caos que ha sembrado el brexit en el partido conservador ha creado el riesgo inminente de un Gobierno laborista bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn, defensor acérrimo desde hace décadas de los derechos de las víctimas de las políticas y las guerras de Tony Blair y Madeleine Albright. Por si eso fuera poco, se acerca la hora del juicio del brexit, una catástrofe para los bancos de la City londinense y las multinacionales del FTSE 100 que hay que impedir como sea. Pero ¿cómo frenarlo? El establishment ya no cuenta con un partido fiable que vele por sus intereses desde aquellos años maravillosos de Tony Blair y David Cameron. Corbyn defiende el brexit y no quiere un segundo referéndum.

Así que no basta con decir que Hugo Chávez era un populista con tendencias fascistoides. Hay que dejar caer que Corbyn lo es también. En una entrevista emitida en Channel Four hace un par de semanas, Blair se sacó de la manga la trillada palabra P (populista) en referencia a Corbyn. Planteó que existe ya una agenda común entre la derecha y la izquierda extremas en favor del brexit. Con el apoyo, por supuesto, de Donald Trump, los rusos y Cambridge Analytica. “Es muy llamativo que tanto la ultraderecha como la extrema izquierda apoyan a Putin”, dijo el ex primer ministro, responsable de crímenes en Irak, ahora multimillonario consejero de bancos e inversión y multinacional.

Para insistir, Blair repitió las acusaciones de antisemitismo lanzadas contra Corbyn, un veterano de la lucha contra el racismo, porque no apoya incluir en el nuevo código contra el antisemitismo del partido laborista la prohibición de toda crítica a Israel tal y como estipulan las normativas de la Asociación Internacional del Holocausto. Margaret Hodge, la ex ministra blairista que votó en favor del bombardeo de Bagdad, arremetió contra Corbyn en el parlamento tachando al líder laborista de “jodido racista antisemita”. Es lo que te pasa si defiendes los derechos de los palestinos ante los de los francotiradores.

Detrás de todos estas ideas descabelladas –que los rusos y Julian Assange decidieron los resultados de las elecciones en EEUU o que Jeremy Corbyn es un antisemita– se esconde un choque ideológico de enorme envergadura. Los clintonistas y los blairistas ya se preparan para la última batalla contra la nueva (vieja) izquierda de Corbyn y Bernie Sanders, y contra los emergentes movimientos socialistas Momentum en el Reino Unido y los Socialistas Democráticos de América (como Alexandria Ocasio-Cortez, elegida candidata demócrata por el Bronx y Queens) en EEUU.

Y las tácticas serán de las más sucias. Los blairistas, con el apoyo de los bancos en la City, ya han elaborado la siguiente estrategia: resaltar una similitud entre Corbyn y Nigel Farage por el agnosticismo del líder laborista respecto al brexit. Échale un poco de antisemitismo a la acusación y ya tienes a alguien que Albright puede incluir en la segunda edición de su libro.

Mientras, en Estados Unidos se irá avanzando con el Rusiagate, una distracción gigantesca frente a los verdaderos problemas que sufren los estadounidenses bajo la administración de Trump. Putin es un fascista/estalinista capacitado para regalar elecciones a sus aliados. Si no enterramos nuestras diferencias y apoyamos todos a la CIA y a Hillary Clinton (o a quien sea su reencarnación), vamos a repetir los errores trágicos de los años treinta. Si no estás de acuerdo, (te dicen que) allanas el camino al fascismo.

Cuesta creer que la cínica jugada de secuestrar el discurso antifascista para volver al pasado clintonista/blairista va a funcionar. En Estados Unidos, el Rusiagate no interesa a nadie menos los editorialistas del Washington Post y el New York Times. Lo que sí importa es la defensa de las subidas de salarios y la creación del sistema de sanidad pública que propone Alexandria Ocasio-Cortez. Como sugirió en su primera comparecencia con Sanders en Kansas la semana pasada, esto es lo que uniría a la white working class con el resto de la clase trabajadora en EE. UU.

Los laboristas lideran los sondeos porque Corbyn es el único político que ha logrado poner un puente sobre el abismo del brexit. Cuenta con el voto de la mayoría aplastante de los votantes remainers de izquierda, quienes, más que amar a la Unión Europea, temen un brexit de hiperliberalismo anglosajón mezclado con nostalgia por el imperio al estilo de Boris Johnston. Pero Corbyn cuenta también con parte del voto del brexit obrero y se niega a adoptar el discurso de que el respaldo al brexit es el de la ignorancia y el prejuicio. Hay un componente nacionalista ya en el discurso corbinista que recuerda un poco a la izquierda latinoamericana, ahora encabezada por Andrés Manuel López Obrador, amigo de Corbyn. El líder laborista pronunció hace una semana un discurso titulado Build it in Britain again en el que defendió la industria nacional, salarios protegidos por fuertes sindicatos nacionales y el papel del Estado de apoyar a la empresas británicas de la economía productiva. Defendió también la nacionalización de los monopolios de servicios públicos. La palabra “nación” en su discurso entronca con las conquistas sociales y laborales del siglo XX, no con el imperio. Ese es el tipo de brexit que todos los votantes laboristas apoyarían, sean del remain o del brexit, y podría llevar a Corbyn a Downing Street. Por eso, será tachado en los medios blairistas de populismo autoritario: un “primer paso hacia el fascismo”.

Fuente: pajarorojo



16 de junio de 2018

La «ideología de género» contra el sexo


"No cabe duda de que los roles sociales de hombres y mujeres han cambiado radicalmente en el curso de las últimas décadas. Mediante la integración de una amplísima mayoría de mujeres en el sistema salarial se ha ido borrando progresivamente la frontera entre una esfera privada femenina y una esfera pública masculina..."


Entrevista a ALAIN DE BENOIST



«Esto ya no es una mujer», titulaba provocativamente la revista Éléments, inspirada por Alain de Benoist. Una más que femenina Brigitte Bardot lo desmentía en la portada. El debate sobre la teoría del género está bloqueado porque los partidarios de dicha ideología… niegan su existencia. Según el movimiento gay, nunca ha habido tal teoría, pues lo único que pretenden, según ellos, es luchar contra la discriminación. La teoría del género, explican los militantes homosexuales, ha sido inventada por el Vaticano para hacer creer que existe un complot gay con misteriosos y sórdidos objetivos. Finalmente, ¿existe o no existe la teoría del género?

¡Por supuesto que existe! Autores como Judith Butler, Eric Fassin, Monique Wittig y muchos más, ¿qué son, sino representantes de la teoría del género, es decir, adalides de una teoría que pretende que las identidades sexuales no dependen en absoluto del sexo biológico o de la pertenencia sexuada? Pero esta teoría no es tampoco el resultado de ningún “complot homosexual”. Se basa en la idea de que la identidad sexual se deriva de una pura “construcción social”. Afirma que no hay, en el momento de nacer, ninguna diferencia significativa entre los niños y las niñas (postulado de neutralidad); pretende que el individuo no debe nada a la naturaleza y puede construirse a sí mismo a partir de nada (fantasma de autoengendramiento).

En cuanto a la discriminación, hay formas muy distintas de luchar contra la misma. Si la discriminación consiste en tratar desigualmente a los hombres y a las mujeres, soy por supuesto el primero que quiere que desaparezca. Pero hay que saber si la igualdad debe comprenderse como sinónimo de la mismidad. Con otros términos, hay que saber si, para restablecer la igualdad entre los sexos, se tiene que hacer desaparecer la diferencia entre ellos, cosa que obviamente no creo en absoluto. Ocurre lo mismo con los “estereotipos”, que no son sino verdades estadísticas abusivamente generalizadas. La forma en que algunos se imaginan que, para “deconstruir los estereotipos”, hay que arremeter contra las nociones mismas de lo masculino y lo femenino, revela que, por más que pretendan lo contrario, quienes así piensan, se adhieren al postulado básico de la teoría del género.


Muchos y muy diversos son quienes luchan contra la teoría del género. Lo mismo ocurre con sus argumentos. ¿Se deberían, a su juicio, evitar ciertos argumentos que pudieran tener un objetivo erróneo o hacer el juego del enemigo al que pretenden combatir?

Hay, en efecto, diversas formas de criticar la ideología de género. En mi libro Les démons du bien [Los demonios del bien], mi crítica es de índole exclusivamente intelectual: estudio esta ideología para saber cuál es su valor en cuanto a la verdad, constato que es nulo y digo por qué. En los ambientes católicos lo que se hace no es tanto una crítica de este tipo, sino una crítica moral. Se basa en el postulado de que la teoría del género pretende legitimar comportamientos sexuales que se consideran, de entrada, “aberrantes” o “anormales”, empezando por la homosexualidad.

Estoy doblemente en desacuerdo con esta idea. En primer lugar –y éste es un punto fundamental–, pienso que la teoría del género no pretende tanto justificar tal o cual comportamiento sexual como negar la diferencia entre los sexos, lo cual no es en absoluto lo mismo. Con lo que sueñan no es con la homosexualidad, sino con la indistinción.

Por otra parte, yo no efectúo ningún juicio moral sobre las preferencias o las orientaciones sexuales. No veo en nombre de qué formularía semejante juicio. La homofobia, así pues, sólo es para mí una estupidez más entre otras muchas. Lo que, en cambio, me parece importante es recordar que lo masculino y lo femenino existen independientemente de las orientaciones sexuales. Los homosexuales no constituyen en modo alguno un “tercer sexo”, por la sencilla razón de que sólo hay dos sexos. Los gais y las lesbianas son hombres y mujeres como los demás, con la particularidad de que tienen preferencias sexuales propias y de carácter minoritario. Pero “minoritario” nunca ha querido decir “menos natural”: una norma estadística no es lo mismo que una norma moral. Con todo ello quiero decir que no soy de los que sólo critican la teoría del género con la esperanza de volver al viejo orden moral.


Si bien es una insensatez pretender que las diferencias entre hombres y mujeres no existen o son irrelevantes para los roles sociales que desempeñan, tal vez sea cierto que se deben repensar, hoy, las funciones sociales de los hombres y mujeres. ¿Está usted de acuerdo? Y en caso afirmativo, ¿cómo las repensaría?

No cabe duda de que los roles sociales de hombres y mujeres han cambiado radicalmente en el curso de las últimas décadas. Mediante la integración de una amplísima mayoría de mujeres en el sistema salarial se ha ido borrando progresivamente la frontera entre una esfera privada femenina y una esfera pública masculina. El acceso a la contracepción, la legalización del aborto o, incluso, la disyunción entre las responsabilidades familiares y las atribuciones de índole sexual les han dado a las mujeres libertades cuya conquista no lamento en lo más mínimo. ¡No soy ningún nostálgico del patriarcado a la antigua, el cual nunca fue tan insoportable como en la “Belle Époque” de la revolución industrial y del auge de la burguesía! Creo, en cambio, que algunas de estas libertades han resultado, en parte, ilusorias. La posibilidad ofrecida a las mujeres de trabajar fuera del hogar, por ejemplo, ha constituido a la vez una liberación y una alienación (a favor del sistema capitalista). Y a quienes más ha beneficiado la “revolución sexual” han sido, en últimas, a los hombres…

La cuestión es saber si esta transformación de las funciones sociales masculinas y femeninas debe implicar una negación o una desaparición de la feminidad y de la virilidad. No lo pienso en absoluto. La pertenencia sexuada no es sólo un asunto de órganos sexuales (el propio cerebro ya es sexuado al nacer), y la desexualización de hecho de un cierto número de roles y funciones no ha hecho desaparecer esa invariable antropológica que constituye la división del género humano en dos sexos. En el espacio y en el tiempo, en el ámbito de las diferentes culturas, los roles sociales masculinos y femeninos han ido evolucionando sin parar (es lo que se obstinan en no ver quienes razonan en términos esencialistas), pero esta evolución nunca ha puesto en tela de juicio el hecho de que los hombres y las mujeres no pertenecen ni al mismo sexo ni al mismo género.

Lo que hay que repensar es de qué forma distinta puede expresarse hoy en día lo masculino y lo femenino. El error, propagado por la teoría del género, sería creer que lo masculino y lo femenino deben, simplemente, dejar de expresarse al no corresponder ya a nada. Equivaldría ello a considerar que los hombres y las mujeres tienen que ser pensados en lo sucesivo como individuos abstractos y ya no como seres encarnados; es decir, haciendo abstracción del cuerpo y de la carne, de la seducción y de las relaciones sexuales. Como dice una feminista francesa muy hostil a la teoría del género, Camille Froidevaux–Metterie: “¿Por qué, después de haber sido tan sólo cuerpos, deberían hoy las mujeres vivir como si no tuvieran cuerpo?”


¿Cabe identificar en la teoría del género un problema más específico: el odio que siente esta sociedad por la figura del hombre, del macho y del padre?

Durante siglos, en la época del patriarcado, los valores femeninos han sido considerados constantemente inferiores a los masculinos. En la tradición cristiana, a menudo, la mujer ha sido asignada, simbólicamente al menos, al orden de la voluptuosidad, de la seducción y, por tanto, del pecado. Tertuliano veía en ella el “antro del diablo”. En la época clásica, las mujeres también fueron condenadas por “brujería”. Ahora se ha caído en el extremo inverso. Los valores tradicionalmente considerados femeninos (la sensibilidad, el espíritu de ayuda mutua y de cooperación, etc.) han sido colocados por encima de los valores masculinos. Todo lo que evoca la virilidad o la hombría despierta burlas, desdén, hostilidad… La noción de autoridad está desacreditada en su principio mismo… por más que siga omnipresente en la vida real. Al mismo tiempo, el niño (al que en el pasado siempre se le consideraba más carnalmente ligado a su madre que a su padre) es objeto de una idolatría sin precedentes. Antaño, el crimen supremo era el parricidio; hoy es el infanticidio. Esta situación no es preferible al antiguo reino de lo masculino. Constituye, en realidad, su simétrica inversión. No se sale del desequilibrio sustituyendo el patriarcado por el matriarcado.

Lo que resulta particularmente inquietante en el desmoronamiento de la figura paterna es que el padre ya no puede desempeñar el papel que normalmente le corresponde: encarnar la Ley simbólica que le permite al niño poner término a la “fusión materna” propia de la primera infancia; o lo que es lo mismo: entrar en la edad adulta. La quiebra de los valores viriles les lleva a los hombres a dudar de sí mismos, lo cual deteriora gravemente las relaciones entre los sexos. El hundimiento de la función paterna produce una generación de inmaduros narcisistas que nunca consiguen resolver su complejo de Edipo. Esta evolución es uno de los aspectos centrales de la sociedad posmoderna que tenemos a la vista.


Sobre el tema del “matrimonio para todos”…

El “matrimonio para todos” es reclamado por la minoría de una minoría, que representa un total de menos del 1% de la población. En España, donde el matrimonio gay fue legalizado en 2005, el matrimonio entre individuos del mismo sexo representa sólo el 0,6% del conjunto de matrimonios. La ideología de género (“gender”) concierne a todo el mundo. En la medida en que ella pretende que los niños son, en el momento de su nacimiento, “neutros” desde el punto de vista sexual, o cuando afirma que el sexo biológico no potencia para nada las preferencias sexuales de la mayoría de los individuos, y que el sexo (sólo hay dos) debe ser reemplazado por el “género” (habría una multitud, constituyendo otras tantas “normas” que los poderes públicos habrían de institucionalizar), esta ideología conduciría, de hecho, a negar la alteridad sexual, los que terminaría en un confusionismo total. La ideología de género se inscribe en una ficción de libertad incondicionada, de creación de uno mismo a partir de la nada. Con ella, no se trata de liberar el sexo, sino de liberarse del sexo. No lo veo, sin embargo, como hace el Vaticano, como un medio desviado de “legitimar la homosexualidad”, que parece, como poco, bastante simplista.

Añadiría que, en un país donde dos de cada tres niños nacen ahora fuera del matrimonio, no se puede decir que los heterosexuales aparezcan hoy como los más creíbles campeones del “matrimonio tradicional” (que no es, en realidad, sino el matrimonio republicano). Actualmente, sin embargo, no hay nadie más que los “curas” y los “homos” (que a veces son los mismos) que quieran poder casarse. En cuanto a mi posición personal, ésta se resume en una fórmula: estoy por el matrimonio homosexual y contra el matrimonio de los homosexuales. Hablando claramente, pienso que el matrimonio clásico, en la medida en que es una institución fundada sobre una presunción de procreación, como lo muestra su etimología (del latín “matrimonium”, derivado de “mater”, madre), deber ser reservado a las parejas heterosexuales, pero no soy nada hostil a un contrato de unión civil que permita a dos personas del mismo sexo perpetuar, al menos formalmente, su unión. Soy favorable, además, a la adopción para todos, pero hostil a la adopción plena en el caso de parejas homosexuales. En efecto, en lo que concierne al matrimonio, todo es asunto de definición: o vemos un contrato entre dos individuos, o vemos una especie de alianza entre dos linajes distintos. Porque no son la misma cosa.


Después de años de lucha, ¿qué balance podemos sacar del feminismo?

Un balance necesariamente de contraste, por la excelente razón de que el feminismo, en sí mismo, no significa gran cosa. Ha habido siempre, de hecho, dos grandes tendencias en el interior del movimiento feminista. La primera, que denomino “feminismo identitario y diferencialista”, buscan ante todo defender, promover y revalorizar lo femenino por relación a los valores masculinos impuestos por siglos de “patriarcado”. No sólo lo femenino no es negado, sino que, por el contrario, es proclamado su igual valor con lo masculino. Esta tendencia, ciertamente, ha conocido excesos, a veces llegando a caer en la misandria (en la década de 1960, algunas feministas americanas llegaron a decir que “una mujer tiene la misma necesidad de un hombre que un pez de una bicicleta”). Al menos no cuestionan la distinción entre los sexos. Encuentro este feminismo bastante simpático. Es este feminismo el que debe hacer avanzar realmente la condición femenina.

La segunda tendencia, que podemos llamar “feminismo igualitario y universalista”, es bien diferente. Lejos de buscar la revalorización de lo femenino, considera que es, por el contrario, el reconocimiento de la diferencia de los sexos lo que ha permitido al “patriarcado” imponerse. La diferencia es así tan tenue como indisociable de la dominación, mientras la igualdad es, a la inversa, puesta como sinónimo de indiferenciación o de la mismidad. Entramos, por tanto, en otro registro. Para hacer desaparecer el “sexismo”, habría que hacer desaparecer la distinción entre los sexos (igual que para hacer desaparecer el racismo hay que negar la existencia de las razas) –y sobre todo negar su natural complementariedad. Así, las mujeres no debería concebir más su identidad sobre el modo de pertenencia (al sexo femenino), sino sobre sus derechos en tanto que sujetos individuales abstractos.

Como dijo la ultrafeminista Monique Wittig, “se trata de destruir el sexo para acceder al estatuto de hombre universal” En otras palabras, las mujeres son hombres como los otros. Es, evidentemente, de esta segunda tendencia de la que nación la teoría de género.


¿Es forzosamente necesario ser feminista para ser una auténtica mujer?

Habría que ponerse de acuerdo sobre lo que es una “verdadera mujer”. Raymond Abellio distinguía tres grandes tipos de mujer: las mujeres “originales” (las más numerosas), las mujeres “viriles” y las mujeres “últimas”. Él interpretaba el feminismo como un movimiento de movilización de las primeras por las segundas. Lo que es seguro es que se puede ser feminista en sentido identitario sin serlo en sentido universalista. La cuestión que se plantea, sin embargo, es saber si la segunda tendencia mencionada antes todavía puede ser calificada de “feminista”. Si no hay más sujetos que hombres y mujeres, si el recurso al “género” permite desconectar lo masculino y lo femenino de su sexo, no vemos cómo la teoría de género puede todavía ser considerada como “feminista”, es decir, ¿qué caracteriza a las mujeres en tanto que mujeres?. ¿Cómo podrían las mujeres seguir siendo mujeres liberándose de lo femenino? Tales son, precisamente, las cuestiones que ponen en duda las feministas más hostiles a la ideología de género, como Sylviane Agacinski o Camille Froidevaux–Metterie.


Hoy, las Femen... ¿es suficiente mostrar sus pechos para hacer avanzar la causa femenina?

Si tal fuera el caso, la condición femenina, después de varias décadas, ¡habría dado un extraordinario paso hacia adelante! Pero en el mundo actual, la exhibición de un par de senos es de una tremenda banalidad. Igual que en las playas el monokini está pasado de moda. Exhibiendo sus pechos por todas las partes, las Femen, venidas de Ucrania, ingenuamente imaginaron que iban a causar cierta impresión. Pero ellas sólo hacen sonreír. Diciendo que creían que, para hacerse entender, tuvieron que recurrir a lo que algunos sociólogos llaman “la hostil desnudez”, una desnudez que no es concebida como medio de atraer, de seducir o de provocar el deseo, sino como un agresivo desafío, una especie de proclamación frente al enemigo. Este tipo de práctica revela un pobre exhibicionismo en el que se resume actualmente una gran parte de la sociabilidad occidental, la cual consiste en usar su cuerpo como una mercancía. ¡Las desafortunadas Femen pronto se olvidarán porque nadie se preocupará ya de sus tetas!

Pero sería un error creer que ellas tienen el apoyo de las feministas. Aparte de Caroline Fourest, notoria y amorosamente caída en los brazos de Inna Shevchenko, la mayoría de las feministas han tomado rápidamente sus distancias frente a estas exhibicionistas, a las que reprochan utilizar sus cuerpos y hacer una llamada a una “política de telegenia”, para movilizar la atención mediática, a riesgo de legitimar indirectamente el reconocimiento de las diferencias entre los sexos –claramente, de hacer un uso de sus glándulas mamarias conforme con los “estereotipos”. Otros activistas se opusieron a la exhibición de los senos, que en lugar de afirmar la superioridad de la desnudez, ellas harían mejor en defender la libertad de las mujeres a vestirse como ellas quieran. Hay que leer, en este contexto, el artículo de Mona Chollet titulado “Femen por todas partes, feminismo por ninguna” En cuanto a las reivindicaciones propiamente feministas de las Femen, ¡todavía las están buscando!


Entrevista efectuada por Adriano Scianca.
Traducción de Jesús Sebastián